Sam Fuller; 105 años del mejor director del mundo desconocido

agosto 12, 2017 Jon Alonso 0 Comments







“Tenemos demasiados intelectuales que tienen miedo de usar la pistola del sentido común”
                                                                   
                                                                                                (Samuel M. Fuller /1911-1997)
Según unas fuentes. 1912/1997 otros archivos bautismales/ Por aquello de las celebraciones (…)





“El cine es emoción…” Revelaba Sam Fuller en la segunda mejor película —que más me gusta— del sobrevalorado Godard, “Pierrot el Loco”. “Y, el póquer debe ser algo muy cinematográfico...” Yo soy más del mus; alma de canalla, crápula, insolente, informal y sobre todo hombre acción. Ya no ejerzo por decreto sanitario. Dicen que, en el juego la emoción es sólo resplandor. Lo dudo. Me vuelve el viejo barrunto con eso de la construcción del cine y dramática expandida en el tiempo. ¿Lo entienden Uds? Tres opciones, la primera: llamo a mi amigo el Dr. House. Segunda: le hacemos la pregunta al trascendental Guerín, que se vuelve loco por el tedio y la tercera; la Luger de Fuller. Evidentemente, la lumbrera que va con esta elucubración sigue dando conferencias —no sé quién lo ha dicho, ni me interesa— se adjuntan un montón de doctos escritores en la biografía de abajo. Ya saben cuál es mi opinión del colectivo semiótico: cansancio. ¡Eh!, no se disgusten que los hay muy buenos haciendo empalagamiento y les tengo cariño. ¿Ven Uds. a Fuller entrado en un taller de Coaching? No. Pues, no se froten las manos, que el amanuense de este teclado, todavía no le ha dado por caer en la literatura de autoayuda ni en la metafalacia de Coelho-caja registradora (un día les contaré una anécdota del brasileiro con un ex amigo). ¡A buenas horas, mangas verdes!  En el segundo acto de mi atolondrada vida, criando arrugas y pintando canas verme con un bigote o lo Gable u Oates. No se lo dejó Fuller. Detesto los bigotes como los cancilleres y las obligaciones castrenses; el apurado por decreto de Gillette sobre la barbilla. Eso lo contó muy bien Kubrick. Obviamente, los días malos son parecidos a los niños pequeños, incluso hasta el Barça Playstation y el lagrimoso Spielberg que suelen tenerlos y cada día, mayores. Dicen los sabios del oráculo de la lasitud, que nunca hay que llevar al cine, ningún otro arte narrativo que no sean determinadas novelas del siglo pasado. Genial, porque a mí me tira la cabra al monte. Saquemos la botella del viejo malta irlandés, la caja de puros Montecristo, los polvos cristalizados de éter, las voces, las pistolas y toquemos el pellejo escrotal a la parroquia como el visceral Peckinpah. No hace mucho que hablé del maestro por este armatoste de algoritmos colocado de Coropres y Naloxona. Ahora llega el momento de otro director con el que me iría a los toros, de borrachera, al campo de tiro de la tierra de mi colega Bunbury —las bellas Bardenas reales de los Juegos de Tronos— y después a la filmoteca.
















Sí. Peckinpah está vivo en México ciego de Tequila y escuchando Narcorridos, Fuller está en la bahía de Messina, fumándose unos buenos Montecristos, plácidamente, mientras escucha a Willie Dixon contemplando a las lugareñas. De repente, con la voz en alto me llegan los susurros en la solitaria madrugada; “Amigo, Jon. No me interesa si la historia es occidental, oriental, de Julio César o Marco Bruto. Me interesa la emoción, las mentiras, el engaño... que defina qué clase de drama es “. Aluciné y sonó la alarma del móvil con el olor a pólvora —que no llegaba de Anzio—, sino de los falleros del barrio y sus petardos mañaneros. Sí, hablo de cineastas incomparables, hechos de otra pasta, otros andares y maneras de pensar: al lado de Ray, Kubrick o Welles. Esos tipos son los auténticos revolucionarios del sistema. Los realmente, originales, capaces de cambiar desde dentro las fauces de los grandes estudios sin provocar caries ni flemones al mastodonte Hollywoodense. Es decir, bailar con la sotana del diablo y no quedarte embarazada, pues el vestido de lagarterana novicia no pone ni a un preso. Fuller, tenía un punto de vista genuino a lo que bramaba aquella época del propio régimen de los estudios —llamémosle— convencional o normal, por denominarlo de alguna forma. Definiendo el concepto, sin arabescos: cineastas que tuvieron que bailar otro rock, diferentes y valientes. Pues, las reglas en Hollywood habían cambiado. Soplaban los vientos del Postmacartismo y Hoover era el halcón que de refilón seguía viendo y escuchando a todo aquel que dijera me “me cago en...” Pobre Hoover, si hubiera conocido a Metodo 4 y el Duque “entalegao”, que contento estaría. De esa década de los 50, creo que a Sam Fuller habría que dedicarle un monolito —Montecristo incluido— permanentemente encendido. Un iluminado que se convirtió en el sherpa rompedor del rocoso camino para toda una generación de cineastas que han ido nadando con la corriente a favor. Gracias a su generosidad y acierto narrativo, entre las décadas 60- 70-80 y la última remesa de los 90; los Sres. de lo que llamamos: el cine indie. La voz ronca del “tío Sam” con ceño fruncido y el puro humeante entre los labios, no se quedado en agua de borrajas. Hagamos un elegante fundido y abramos el foco en aquellos dorados y peligrosos 50 llenos de glamour y micrófonos. Periodo marcado por una ideología, que condicionó el trabajo de los estudios engalanados de marfil y platino hasta llegar al actual de tablets, calefacción por bluetooth y minibar sin alcohol en el cómodo Sundance. Bien, ¿qué quieren un travelling o un fundido? Es trampa, he realizado el fundido y lo he avisado.















Ya estamos en Worcester (Massachusetts) el noroeste de USA, la tierra de este genial cineasta. Hijo de inmigrantes judíos de origen ruso vía paterna y polaca por la materna. El apellido Rabinovitch ya no lo ostentó, pues, su la familia en la quimérica América, se transformó en Fuller. Siendo un pequeño de apenas 12 años, corría llevando periódicos y otros devaneos cercanos al oficio de cronista. A los 17 años, ya redactaba crónicas criminales (putas, estafadores, carteristas, pequeños perdedores y todo el lumpen de la noche) para el New York Graphic. No hay nada mejor en un periódico que la redacción de sucesos y tribunales; pregúnteselo al dios Wilder. Entrados en la década de los sucios y duros 30, su temprana juventud dio inicio también a su faceta como escritor, auténtico, ideando básicamente relatos Pulp como “Run, baby, run” (1935). Posteriormente, se fue introduciendo en el oficio de guionista, como ayudante y en poco tiempo, comenzó a escribir guiones y novelas como “Ghost Ryder”. Dicen las fuentes consultadas, que nunca reveló que escribiera guiones anónimamente. Llegó la II G.M. y no lo dudo para unirse a la causa del tío Sam y luchar en primera línea de combate.  Como el gran Calderón de la Barca y Garcilaso estuvo en una división de infantería repartiendo estopa en nombre de la libertad contra los nazis. Desde Bélgica, Checoslovaquia y etc. Hasta la participación en los desembarcos de África, Sicilia y Normandía. Por su labor, servicio y dedicación a la patria obtuvo las más altas condecoraciones; la estrella de Bronce, la de plata y el valeroso Corazón Púrpura, casi nada. Este currículum, convivió a lo largo de la carrera cinematografía del maestro, esencialmente, en sus filmes bélicos y en esa obra de arte que es, Uno rojo, división de choque (1980). Arranca su carrera cinematográfica escribiendo guiones para películas como “Hats Off” (1936), “The gangs of New York” (1938), “Adventure in Sahara” (1938) o “Power of the press” (1943). Decidió tratar de ser director luego, de que Robert L. Lippert, le hablara para que escribiera tres filmes para su compañía. Fuller aceptó escribirlos si le era permitido dirigirlos sin cargo alguno. Lippert aceptó y Fuller realizó su debut como director en In Shot Jesse James (“Yo maté a Jesse Jammes) 1949, seguido por “The Baron of Arizona” (1950). Su tercer film “The Steel Helmet (el casco de acero) 1951, fue el despertar de un cineasta, que sonaba entre la crítica y la industria del celuloide. Una de las primeras películas acerca de la guerra de Corea y Fuller se basó en su propia experiencia militar; así como en testimonios de los veteranos de la guerra.

















A partir de entonces, Fuller era buscado por los estudios cinematográficos más importantes y firmó un contrato para realizar siete películas con 20 Th Century Fox. La primera de estas fue “Fixed Bayonet” (Bayoneta Calada) 1951, también basada en la Guerra de Corea. Fuller vivía el cine como la vida, con cuchillo y tenedor. No obstante, hubo films en los que sólo utilizo las manos; como un Tudor devorando un pavo real. El séptimo filme, “Tigrero”, nunca se filmó y fue el objeto del documental de Mika Kaurismäki  “Tigrero: A Film That Was Never Made”. En 1952, Fuller filmó “Park Row” (La voz en primera plana), una historia de periodistas y del periodismo independiente en el siglo XIX. Darryl F. Zanuck de 20th Century Fox, quería convertir la película en un musical, pero Fuller se opuso a la idea e inició su propia compañía de producción con sus ganancias. Y luego vendría, el delicioso Noir, “Manos peligrosas” (1953), el diablo sobre aguas turbias (1954), “La casa de bambú” (1955), “40 pistolas” (1957), “Corredor hacia China” (1957), “Yuma” (1957), “Verboten” (1959), “El kimono rojo” (1959), “Bajos fondos” (1961), “Invasión en Birmania” (1962),”Corredor sin retorno” (1963), “Una luz en el hampa” (1964), “Los malditos” para TV (1967) , “Arma de dos filos” (1963), “Con furia en la sangre” (1973), (Muerte de un pichón) 1973, la aludida, “Uno rojo división” (1980), “Perro blanco” (1982), “Ladrones en la noche” (1984), “Calle sin retorno” (1989). Autor independiente, de cierta discordancia ideológica —empática incorrección— que le caracterizó como una extraña especie en vías de extinción. Su impactante y directo estilo visual. La concepción agresiva y ágil del sentido de la narración. La singularidad a lo largo de toda su obra del empleo de primerísimos planos, tomas largas y un uso manifiesto de la violencia con un habitual comentario social, siendo una influencia básica para gente como  Cassavetes, Jarmusch, Ferrara, el maestro Scorsese o Millius y un largo etcétera. El cine independiente, en parte es la esencia de genuino sabor Made in Usa. Y si hay que hablar de cine moderno independiente uno de sus padres contemporáneos es Sam Fuller. En cierta medida, el aludido Macartismo dio paso al emblemático cine de superestudios y el starsystem —momento— de tafetán y cuché, que algunos visionarios como el maestro Fuller, supo encontrar el resquicio por donde colocar un mundo “sui generis” con dinero de la propia Fox y la esbelta Columbia. Fuller, es un icono y un gurú de lo que es en términos taurinos llamamos: saber torear y llevarte a la más guapa a tu redil.



















Sus films, se presentaban en una funda de corrección para la platea más bovina, pero con unas esencias de las antípodas —su singular submundo interior— que dejaba patidifusos al más reaccionario y tuercebotas “mesatrofeos” de las majors de turno. No obstante, el sistema tenía una máxima: hacer caja. Y si para ello, había que dejar grietas dentro del método; se dejaban y ocupaban para que siempre estuvieran activos. Ahí, Fuller se encontraba como pez en el agua. Aprovechó su ingenio, habilidad y su gran amistad, que le unía al gran “hueletalentos”: Daryl Zanuck. El zorro DZ, adoraba a Sam, mientras todos los grandes directores le iban comiendo la oreja al fuck boss Mr. Zanuck…—Mr. Zanuck, please…I have one…En cambio, Sam le espetaba—¡Vete a la mierda Andy! ¡Darry, vete hacer puñetas!—En su propia cara (mientras movía el puro de izquierdas a derechas con la flema de un veterano fusilero). A Darry Zanuck, le encantaba ese estilo y siempre había una fumata blanca; financiación, Money para hacer buenas películas. Por ejemplo,”Forty Guns”. Eso sí. Mr. Zanuck era un lince —Oye Sam, la peli hay que venderla, eh!… No me jodas…Nadie, quiere ver a la heroína Barbara Stanwyck muerta — ¿No puedes hacer que viva? Al final, sólo la herían y unas risas… Más un O.K. Lo dicho, Fuller era más listo que un rayo, ni un pelo de tonto: Movie is Bussines. Zanuck vio un potencial enorme en este método Fulleriano de películas con envoltorio de “factoría personalizada”. No hace mucho, hablábamos de otro genio, que tenía su estilo pero su ideología acabó con él. Sí, el ínclito Rossen. En el cenit del maldito Macartismo Fuller rodó “Manos peligrosas” film mayúsculo de la cultura Noir. Fuller, solapadamente, se encargó de enviar un mensaje criptografíado de política completamente heterodoxa. La policía ha cogido al carterista RW y le acosa con el asunto de las notas de la bomba H, que pueden pasar a manos de Stalin. La cuestión es que Hoover, Zanuck y Fuller tuvieron dos reuniones de lo más sustanciosas en el restaurante Romanov. El retrógrado Hoover no estaba de acuerdo con el tono del film, a ver, no quería saber nada del esta película para ser más exactos. No le gustaba que Widwark dijera: “Está ondeando la maldita bandera ante mí…” y Fuller tenía apuntado en su guion: “Está ondeando la puta bandera ante mí…” Cuando Zanuck fue a Washington, Hoover, en cuanto lo vio le dijo: “esto es imposible…” Zanuck, le convenció de intentar suavizar la expresión, porque le daba igual. Y en el segundo almuerzo, a tres bandas, Zanuck dijo: que en vez de utilizar el término puta bandera, se dijera; “maldita bandera” que no quería a ningún estadounidense, en plena guerra fría y dijera al público, sobre todo dirigiéndose a la policía; “Está ondeando la bandera ante mí…” y Zancuck le replicó; Mr. Hoover, es que el personaje es así, actuaba de ese modo y no lo iba a cambiar.


















“En corredor sin retorno”, estamos ante la radiografía del propio Sam Fuller, es decir, su vida. Un lugar donde decir la verdad era crucial para un artista. Se dejó media vida en el ejército, trabajó como una bestia, se partió el culo y presenció historias reales incontables. Por eso cuando te hablaba lo hacía en un tono autoritario. Sabía que la vida no es autocomplacencia y pantallas digitales de la sexy manzana de Cupertino. Fuller ejerció una gran influencia en la forma de rodar a gente como Scorsese y dicen que el chico terrible de Tennessee, Mr. Tarantino. Del primero, es obvio. Pues el estilo de los planos individual es idéntico —Thema Schoonmaker su gran editora— de “Taxi Driver” o “Toro Salvaje”, “Goodfellas” y etc.  Aporta esta lectura: —era como un artista primitivo. Un cine muy personal, a veces con ideas muy crudas y al mismo tiempo sorprendente, original y refrescante. Creo que Rossen —de idiosincrasia diferente a Fuller— se atisba el mismo oficio de cámara que el genio de Massachusetts.  Del rey de Tennessee, si lo dicen los oficialistas pues, fetén. Artista arcaico, generoso, pétreo y lleno de fibra testicular, que utilizaba el cine de una forma muy sui generis. Un neandertal postmoderno y elegante. Una especie prodigiosa que desapareció. Hoy en día, Fuller estaría en un museo o encerrado en un sanatorio mental como el genio de Leopoldo María Panero. No puedo quitarme de la cabeza esa secuencia: la manera de matar —una vez más— en el film “Manos peligrosas" del gangster, entrando a la habitación de Thelma Ritter—Te vas a cavar una tumba prematura…Carga el arma y la cámara se retira hacia el giradiscos del gramófono atascado; clic-clac, clic-clac reiterativo. Se funde con el disparo seco provocando una metáfora del disco girando tras la sustracción del latir del corazón de TR. Algo así, cómo un espíritu saliendo del cuerpo; sutil y majestuoso.  La vis de la muerte dentro de la poética de un tío áspero, íntegro y muy valiente. Definiéndolo en la pantalla de un modo directo y categórico; brusco como el dolor neuropático. Contundente. El cine de Fuller está lleno de vitalidad,  confianza  e impulso de las películas de serie-B, que consisten en un material de género presentado de forma modesta, con actitudes y diálogos cutres, pero él aporta un estilo de cámara barroco exquisito que lo cambia todo. Le decían: “Sam estás rodando una película” y el maestro replicaba: ¡Por Dios, corta el rollo!, ¡No estoy rodando una película, sino una imagen emocionante, idiota! ¡Tiene que moverse! Para Fuller el movimiento equivalía a emoción. Al mover la cámara, se mueve el punto de vista y se añade energía a la película. No es necesario, que esté ligado a los personajes, está atado al ritmo narrativo. Sam Fuller era un maestro en este aspecto. El pura sangre, Lee Marvin comentó en una ocasión, que durante el rodaje de “Uno, división de choque” esta anécdota: — No he visto a nadie decir “Acción” en un rodaje con tanto ahínco. Creo que Ford tenía el récord, pero lo de Fuller te llegaba al alma y encima los tímpanos destrozados. ¿Por qué? Fácil, realizar un film es como construir un viaducto en los Alpes: hay mucho dinero en juego. Si el dinero es tuyo, no es cuestión de echarse sobre una tumbona y ver el resultado desde la moviola. Bertolucci dijo una vez sobre él: “Para mí Sam Fuller es el mejor director desconocido del mundo y sus películas son como el Jazz . Yo, con permiso del genio italiano. Apuntillo: “gracias por haber existido maestro, siga Ud. Igual de desconocido para todos aquellos que le tienen miedo a los hombres con talento y carácter adictos a los Montecristos nº 2, mientras suena Charlie Parker”, otros 105 años más, de salvaje cine de autor.  










                                      Dedicado a Terele Pávez julio 1939/agosto 2017 In Memoriam










Biografía consultada y recomendada


Sam Fuller: Film is a Battleground - A Critical Study, with Interviews, a Filmography and Bibliography  Lee Server Ed: McFarland  (2003)
“Sam Fuller” Phil Hardy Ed. Praeger (1970)
“Sam Fuller” Quim Casas  Ed. Cátedra (2001)
"Shock Corridor" by Sam Fuller  by Michael Avallone Ed. Xanadu Publications (1991)
The films of Samuel Fuller: If You Die, I´II Kill You!  Lisa Dombroski Ed. Wesleyan (2008)
Samuel Fuller: Interviews (Convesations with Filmmakers) by Gerald Peary Ed. University of Mississippi (2012)





  
                 

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El día que Dios repartió billetes

julio 07, 2017 Jon Alonso 0 Comments






Cuando te has pasado 9 años dentro del trullo tienes demasiado tiempo para pensar; en lo bueno y en lo malo de tu existencia. Me había jurado que nunca más pisaría este lugar y mis nuevos planes se asentarían; en el cacumen de mi escarmentada mollera. El golpe que daríamos mañana sería el definitivo. Eso cree uno o suele decirse. Luego, pasa lo del efecto John Lennon. ¡Pero qué cojones! De momento tocaba disfrutar del partido de fútbol, mientras me preparo un buen trago. Lo que tenga que suceder, evidentemente sucederá. Seguía con las mismas adicciones: las jodidas pastillas de morfina desde el último trabajo,—me rompí las dos piernas— y mi fémur, ya no fue el mismo. Por muchos pesares y ganas que le pusimos en la maldita rehabilitación. Sí, si ya lo sé. También, estuve con las alternativas y todo ese mundo zen. Un parche, un alivio y una forma de aguantar la vida en este maldito planeta. Seguía con ellas. Sólo los opioides paliaban, los endiablados dolores. La cosa se fue avivando y como el que no quiere; la contabilidad nunca fue mi punto fuerte y creo que nos pasamos con el Johnnie Walker. Sencillamente, me desvanecí.












                                                                En un país de Latinoamérica a finales de los 80.



7 años después de su último atraco; Marcelo — yo, el pequeño “Chelito”— aún seguía conservando mis viejos amiguetes de la infancia. Tan sólo llevaba tres minutos en la puerta de la vieja cárcel del Armisticio; cuando su primitiva banda de compinches del Chaparral lo esperaba con una botella de champán en mano. Era 8 de octubre, un día después de la independencia nacional. Los fastos habían dejado su rastro de confeti y vomitonas. La verdad que hacía demasiado frío para esas fechas. Pero claro, tantos años, como los que uno se había pasado a la sombra, que el síndrome del olvido del sabor de la vida se hace perenne. Estaba ahí, ese añorado aroma de la lluvia. Sin embargo, todo aquel tiempo, en presido y el fuerte aislamiento, entre aquellas cuatro paredes había hecho mella en mí físico. Aunque los viejos hábitos nunca se pierden. Puede que algo de agilidad, pero también se gana en eficacia y sabiduría. Durante aquel largo periodo de ausencia callejera; sus colegas adquirieron un estatus de peligrosos malhechores. La banda del Gordo (siempre al mando), Nachito y el Sebas pulieron su tosco estilo de los primeros años, y ejercían el oficio de ladrones de coche, con la soltura de un piano de bluesman. El Chelito chocó los cinco con la tropa y parecía aceptar el nuevo sino. Todavía se atisbaban las grandes brumas otoñales de la larga sequía en la república de Caradulandya. El aire era irrespirable y se posaba sobre la gran avenida del General Francochaves. El Banco de la patria estaba muy bien custodiado, quedándose en paralelo a la tienda de automóviles de lujo Porchetron. Eso era lo de menos. 










No era la primera vez, que la cosa se ponía del revés. La peña estaba curada de espanto en mil batallas. El Gordo y sus colegas cruzaron la avenida mirando discretamente hacia todos lados, mientras el Chelito cubría la retaguardia. La calle estaba desierta y el bar de enfrente —un antro de ludópatas— con la persiana medio bajada. El Gordo se quedó delante de la puerta del concesionario, como si de un cartero, dejando la correspondencia por debajo de la puerta. Su enorme cabeza arrojaba por la frente un sudor frío que le hacía tiritar. Como intentado disimular las veces; que la cagó en noches como la de hoy. La realidad era otra, pues, en aquel lugar esos detalles se convertían en imperceptibles. El gordo era un barril de adrenalina. Y cuando los alcaloides se proyectan al miocardio. Lo más lógico: es que uno, ya no sabe realmente qué es real y factible. Del mismo modo, todo podría ser una alucinación o el propio delirio del ansia. Una vez abierta la puerta del concesionario, el Sebas y Nachito reían entre maravillas del lujo con cuatro ruedas. Cuando el Chelito, les hizo una señal que la pasma estaba en la calle de enfrente. El Sebas salió del BMW 325i —una perla de 170CV— que estaba arrancando. Casi llevándose por delante a Nachito y jurando en arameo por la boca. Dos policías bajaron de su coche patrulla y les echaron el alto. Cuando el Gordo dio un silbido desde el callejón lateral. Estaba oscuro como el tren de la bruja. Ya en el angostillo apareció, Chelito —que estaba como una sílfide— y les echó una mano desde el muro. La pareja de polis sacaron una viejas Tokarek y dispararon al aire. El Gordo observó, como un nuevo coche patrulla se dirigía —directamente— hacia ellos. La agorera y espítica sirena llegaba a toda velocidad hacia la escena del delito.













El Gordo— rápido, rápido que vienen… El Gordo sudaba como un cerdo, delante de su matarife, en el día de S. Martín. Alguien les había tendido una trampa. Ipso facto, aquel cabrón sacó un 38 y abrió fuego contra la policía. Nachito no pudo desenfundar su arma por una razón que le resultaba desconocida. Se quedó bloqueado. Observaba la situación a cámara lenta y seguía estrechado— ¡Nachito, joder. Qué nos van a freír socio. Menea el culo! —Sebas intentaba espolear a su colega, el pequeño Nachito, un chavalito de melena negra lacia y nariz aguileña. No mediría más de 1,65cm. Pero tenía unos cojones, como un buen morlaco, de Miura. Éste, parecía no salir de su eterno sueño y se ocultó —parcialmente— detrás del pórtico de entrada, en el edificio de Apartamentos la Maestranza. Yo estaba apoyando rodilla al suelo y con gran puntería disparaba a los dos coches patrulla. Agarré al Nachito y lo llevé en volandas hasta llegar lo más cerca de la marquesina del edificio de apartamentos. Mientras observábamos como uno de los coches de la policía volcaba. A Nachito se le vio cambiar el tono del rostro tras sacarlo casi a la fuerza. Era como Al Pacino de joven; cambiaba de alegre a triste en un santiamén.. Y así, cuando dábamos por ido a Nachito, empezó a gritar como un poseído y apretó los dientes tan fuerte que se hizo sangre en la base de las encías. Oprimió con ahínco el gatillo. La bala, lista en su sitio, estalló de júbilo. Salió despedida y se clavó en la cabeza del policía que conducía el Fiat Croma. Un trozo de cráneo voló hasta la rejilla de separación con el asiento trasero. El coche patrulla perdía el control hasta chocar con la rotonda de Cuatro barrios. —Bien, Nachito. Volviste, puto pirado! La madre que te parió. Eres dinamita. Retornaste a nuestro planeta. —El gordo se llenaba de regocijo y estallaba en carcajadas. —¡Putos polis! Iros a tomar por culo! Desde el otro lado de la calle, El Sebas nos hizo una señal y nos agrupamos. Tomamos un poco de aliento, pues, la noche era muy húmeda y el helor de la niebla por el efecto contaminación pulverizaba los alveolos pulmonares. 











El Gordo espetó:— A ver Sebas, esos polis, ya les hemos dado su medicina para un buen rato.—No cantes victoria, Gordo.—¡Estoy hablando, yo. Cojones! Al loro, antes de que envíen más refuerzos y se organice una búsqueda más exhaustiva tenemos que mirar todas las opciones — No jodas, Gordo. Tú siempre has de organizarlo todo y lo has de joder!— Le mirada con cara de hastío el Sebas. —Cállate! tontolaba. Aquí quien manda y dirige le espectáculo; es el tete. Métetelo en esa puta cabeza de chorlito.  En ese mismo instante, Chelito, habló con un tono conciliador y sensato en mitad del estallido —A ver, lo lógico es abandonar esta zona y buscar cobijo en el Chaparral. Ahora no podemos robar un coche para llegar a nuestro territorio. El Gordo estaba con la mirada perdida en el suelo—Vale, chaval, tranquilo… No es mala idea, pues... De nuevo, Nachito, movía el dedo en dirección al este. Se apreciaba un buen sequito de personal, detrás de las vidrieras de la farmacia, muy cerca de las paradas de autobuses.—¡Ahora o nunca, Gordo! Se miraron los cuatro a los ojos y se agruparon en un andar disimulado; como si de unos resignados trabajadores incorporándose al turno de noche de la petrolera Bolivarof. Siguieron juntos hasta llegar a la parada de Miraflores. Era una salida parcheada pero lo suficientemente discreta para salir de una noche desastrosa. El gordo puso en aviso al personal.—Llega el 74. Al loro y tranquilos. De uno en uno. El resto de personas que aguardaban dentro del autobús público miraba temeroso a Nachito —que denotaba— muecas, de un careto desencajado y superado. Fue el primero en pasar por delante del chofer y se desplazó lentamente por el pasillo de los pocos que estaban de pie. Casi, cayéndose y sin equilibrio fue a parar a uno de los asientos simples que tenía la ventanilla entreabierta. 













El Gordo, en el asiento de enfrente, miraba el rostro de Nachito y comenzó a darse cuenta que sangraba por un costado. El sudor frío se deslizaba por toda su espina dorsal y el alivio del aire que entraba por la ventanilla, lo estaba dejando medio dormido. Chelito que acaba de salir del trullo era el que más entero se le veía. Sereno y convencido de que la maniobra del Gordo había sido la idónea y que la sombra de los barrotes se había cernido muy cerca. El Sebas andaba con cara de haberse comido un LSD en la isla Tortuga —entre el éxtasis del pálpito de las sirenas de policía y lo cerca que habían estado de ser carne de presidio— anonadado, pero sonriente. De repente, comenzó soltar unas carcajadas contagiosas. Esa actitud alteraba al Gordo. Éste, se apretaba con fuerza el costado izquierdo. Cuando le pregunta muy débilmente: —¿Sebastián y los billetes?— Por qué me llamas Sebastián, Gordo, no me gusta— Hey! Capullo, los billetes. —A mí que coño, me dices. Joder! Ni que fuera San Pancracio. Nachito vio la sangre como se escurría por el asiento del Gordo y dijo: aguanta. Tranquilo ya queda poco. El chofer me dijo que pasará. Sin más.— Me cagüen tu puta madre! Cómo coño no has comprado los billetes. Ni que fuéramos Robert Kardashian. Viendo el cariz de la conversación. El flipado de Sebas se levantó y observó que el jodido autobús no se había movido de la parada. Y se fue directo a por el conductor. Y con un tono categórico — Deme cuatro billetes para Miraflores. Chelito desde el asiento del fondo ponía cara de portero ante un penalti ejecutado por el pelusa Maradona.











El fornido chofer del autobús se marcó un gesto despectivo y de perdonavidas. No quiso mirar el rostro del Sebas. No le respondió. Frío como un témpano y la mirada firme en un punto perdido del parabrisas. Mientras sus manos firmes agarraban el volante y la palanca del cambio. El Gordo tragaba saliva y buscaba su 38, pero estaba muy débil. —¡Oye, tío te he dicho que quiero cuatro billetes! El Sebas, ya no era aquel chaval con cara de alucinado en un garito de surfers. Estaba realmente muy irritado.— ¡Cuatro bi-lle-tes, im-bé-cil! — Aquel quebrantahuesos de chofer robótico espeto:—A donde van Uds. No necesitan billetes. Joder! Aquel tono de voz grave y marcial le sonó familiar al Sebas, al Nachito, al Chelito y un lánguido Gordo que su cara era nieve en los Andes. Toda la banda se quedó en estado de shock .Después de una breve pausa, la cual, parecía una eternidad. El Sebas se dio cuenta que el resto de la gente que estaba subida en el grasiento autobús giraba sus cabezas y los miraban uno por uno, con disgusto y enojo. El Sebas se amedrentó. Aquel chofer de autobús con el pelo rizado rebelde azabache y profuso bigote, recordaba al icónico Pablo Escobar. Aquel tipo era el mismo conductor que los había hecho bajar del resto de los compañeros el día que salieron del colegio en sexto curso de básica: el puto conductor, Hugo cuerdo. Y a partir de ese momento, todo comenzó moverse a cámara lenta. El tambor del revólver estaba lleno. Lo cogí fuerte y apreté el gatillo tres veces: el percutor se accionó y reventó la carga explosiva de un cartucho del 38. Propulsada por la expansión de los gases. El fuego salió en trayectoria rectilínea hacia la espalda de uno de los viajeros que estaba detrás del Nachito. Vi cómo le impactaron tres balazos, dejándole, tres agujeros por donde la sangre salía a borbotones. El fuego cruzado y un bote humo convirtió aquel autobús en una pesadilla rabiosa. El Gordo fue fulminado de un disparo a quemarropa en el cuello. Se quedó doblado hacía la izquierda con la cara de cadáver de anatomía patológica. 















Debajo de su asiento había un maná de sangre. La gran mayoría del personal que nos miraba con desprecio eran polis camuflados del escuadrón de operaciones especiales de la policía libertaria. Iban muy bien preparados: Uzis y Glocks de trinqui con una potencia de fuego demoledora. Y el Chelito no sé dónde hostias se había metido. Había desaparecido de aquel infierno por arte de magia. Sólo quedábamos Nachito y yo. El Nachito replicó con su escopeta recortada del calibre 12. Vi con claridad como reventaba las tripas de uno de miembros del escuadrón—Juraría que tenía un trozo del píloro del grandullón que tenía delante, en una de mis cejas. Le hice una señal de Ok. Pero en el ademán del gesto de alegría. Una ráfaga de cartuchos de las letales Uzi, fueron agujereando desde el hombro izquierdo. el corazón, el hígado y los pulmones de mi colega Nachito. Lo acaban de coser a tiros como un colador. Estaba sólo atrincherado en uno de los asientos. Cuando todo se paró y hubo un largo instante donde aquel mortal autobús era el silencio de una misa en domingo de funeral. Y escuche un megáfono:— ¿Hay algo que debería saber querido Nachito Ulloa? No me lo podía creer pero esa voz. —¡Demonios. Nooo. Maldición! ¡Tú puta madre, choto de mierda. Tú, Chelito, tú. Cómo nos has podido engañar hijo de la gran putísima! Chelito, era el teniente Marcelo Ardiles. —Bueno, Nachito ya sabes cómo funciona esto. Sales con las manos en alto y dejas la pipa en el suelo. Ahí, adentro, todavía tengo a tres tíos apuntándote y aquí afuera somos 25 con plomo para forrar una catedral. —Nachito, respiró profundamente y miró al techo. —Contestó con una sonrisa sardónica, que deformaba aún su dibujo mental de toda esta movida.












Sintió un infinito dolor, que se fue diluyendo en ese persistente aroma familiar de la pólvora y la sangre. Recordó aquel lejano día en que su padre le enseñó a disparar por primera vez. Alzó la mirada y vio el panorama de sangre, casquillos, vísceras y viejos amigos en distintas orillas. Finalmente, el Sebas, anduvo hasta las puerta de salida del bus y le espetó:—Bien, Chelito, te crees mejor que todos nosotros; y sólo el cielo lo sabe, que tú has comido en mi plato y nos has mordido las manos, a quienes éramos tus hermanos. ¡Rata, que eres una sucia rata! ¡Sólo Dios nos pondrá a cada uno en su sitio! No pierdas de vista esta cara, la del rubio, Sebas, porque esta cara te perseguirá toda tu vida— Se dejó la mirada fija en los ojos del Chelito, ya descubierto con su uniforme militar. Entonces, cuando, ya todo el mundo lo daba por entregado. En un movimiento, tan rápido, como un pestañeo de ojos, sacó una beretta 21.  Preciso y certero; se voló la tapa de los sesos.  Las campanas de la iglesia sonaron como en una letanía al alba. Los trabajadores de la petrolera Bolivarof se disiparon entre la muchedumbre que se congregó alrededor del asalto. Después un montón casquillos. El teniente Marcelo Ardiles se dirigió a sus hombres.—Sres. Esto es así , nunca escuchen a los malhechores. En estas situaciones es mejor mostrar indiferencia y hastío por estos criminales. Esta unidad tiene un lema: cargar, apuntar y disparar.—Sí, mi teniente.—Contestaron los efectivos de la compañía. Buen trabajo y enhorabuena, caballeros.












                                                                  Finales de la primera década del S.XXI



Desperté del profundo sueño y olí el efluvio del alcohol de curar. Escuché a una mujer discutir con un hombre.—Sebastián, déjalo en paz. Mi padre está hecho una mierda. Salió de prisión porque tiene Alzheimer. —Ese cabrón, no tiene nada. El viejo, sabe más por diablo…Mónica que es un pieza. Se las sabe todas.—Sebastián, el novio de su hija iba vestido como un enfermero.—Hombre, D. Marcelo, cómo está. ¡Ay, qué gamberrete que nos ha salido! Ya sabe Ud. que con esa medicación no se debe beber. Esta botella de Johnnie Walker etiqueta negra para la ambulancia. Esto es bueno para nosotros: sus enfermeros.—Enfermeros, yo no tengo enfermeros. Yo estoy de puta madre. Esta noche he quedado con mis colegas —Y yo con mis amiguetes del grupo de Facebook del colegio. ¡Todo el mundo queda con alguien, eh, socio! Me quedé aterrorizado cuando el tal Sebastián cogía de una mano una jeringuilla y la llenaba desde un bote de Rivotril. —Oye eso no es para mí. Sí, es sólo un pinchacito, D. Marcelo. ¿Verdad, o te gusta más, Chelito, abuelete? Recuerde que los billetes son obra de Dios.




                                                                                       FIN









                           Dedicado a todos los presos políticos de Venezuela y los enfermos de Alzheimer. 







 Fotogramas adjuntados


Six Bridges to Cross by Joseph Pevney (1955)
One Day in the Life of Ivan Denisovich by Caspar Wrede (1970)
Wild Boys of the Road by William A. Wellman (1933)
Heist by Scott Mann (2015)
Shake hands with the devil by Michael Anderson (1959)
Cortex by Nicolas Boukhrief (2008)
The Gentle Gunman by Basil Dearden (1952)
Remember by Atom Egoyan (2015)
Time table by Mark Stevens (1956)
De zaak alzheimer by Erik Van Looy (2003)





                   

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Piensa, estamos muertos

mayo 25, 2017 Jon Alonso 0 Comments








En un tiempo lejano, de mi pasado, conocí a la familia Arbeloa. Menudos bichos. Vivían en una casa —planta baja— de cemento gris en la Calle Segorbe, en el barrio de la Guinea de Castellón. Yo acaba de salir, por piernas, de aquel reformatorio de la maldita consejería de bienestar social. Sí, aquel chiringuito —de la hípster televisiva— junto con el hermano pequeño, de aquella estirpe, “chinorri Virgi”. Por aquel año, la casa estaba completamente desvencijada. Y claro, cuando pasaron ocho años más; el hedor era insoportable. Aquello estaba llegando a la puerta de los infiernos. Recuerdo un día, en que la madre de Jon trajo a la maldita casa, a un tipo borracho. Las paredes enmohecidas y grasientas se adherían a la piel. El olor a restos de comida podrida, atrancada, en el fregadero. ¿Lo recuerdas? Jon. Tu madre comenzó en sórdidos hoteles de carretera y al final, acabó en el catre, de su habitación de matrimonio. Lo recuerdo porque la puta casa de marras —hasta salió—, en el periódico, cuando la asistente social, reclamó la intervención de un exterminador de insectos. Menuda película, mientras iban sacando enormes barriles de cucarachas voladoras.














La descomposición deterioró la mente de tu madre. Entonces, tus hermanas acabaron casándose con los Gabarri y el pequeño Virgilio se ahogó en el lodazal de la heroína. Después, ya siendo mayor de edad, dio con sus pocos huesos, en la cárcel. Así era tu querida madre. ¿Aún crees que no te conozco? Piensa. ¿Por qué hizo todo aquello? Pues, fue muy sencillo, por ti, por vosotros... ¡Para que tuvierais donde comer, jugar, dormir y soñar con comodidad y bienestar. Cojones! ¡Qué confort, eh, Jon! Te conozco, viejo... Te tengo junadísimo. Todas las noches, vengo y te refresco la memoria. Piensa en tus primeros recuerdos. En la oscura noche con tu madre, cuando tenías tres años. Piensa, en tu sempiterno dolor. Estabas tumbado en la cama, fingiendo estar dormido y desde el salón llegó un grito aterrador. Piensa acerca de esos funcionarios, que tú y yo, bien conocíamos… 















En aquel instante, cuando, le comunicaron a tu madre que tu padre había muerto. Piensa en tu curiosidad y salubridad. Piensa. ¡Tú, ni siquiera sabías como se llamaba la muerte que se la llevó! Él murió y apenas supo lo que había sucedido. ¡Imagina por un momento, todo lo que podría estar disfrutando, si aquel boleto de lotería hubiese salido premiado. Maldita sea, Jon!— Venga, ya! No me digas, que no te conozco… Recuerda esa noche en el callejón, cuando jugábamos con el Setter de los Balerdi. Aquel perro gris ceniza y su nariz mocosa. Llegaste a él y enseguida se mostró dócil y cariñoso contigo. A mí sólo me mordía en los tobillos, el cabrón—Je,je…Tú le hablabas y parecía hacerte caso. Ofreciéndole una amistad honesta y reciproca por parte del animal. Piensa, en los juguetes de silicona que le regalaste al can. Aquella familia vivía bien. Hasta el puto perro olía mejor que tú. ¿Recuerdas, Jon? Sí. No olvides tu jodida gratitud bondadosa igual que, la de un forastero, en Castilla. 















Esas cosas nunca se olvidan. Creo que ese día, tu madre, dejó de ser una madre con ganas de vivir. ¡Acuérdate de ella! No te olvides de aquella mirada de terror en sus ojos. Aquel fantasmagórico rostro del miedo que llegó y se quedó congelado en su cara; cuando ella fenecía. ¿No digas que eras demasiado joven para no recordarlo?— Piénsalo, tómate tu tiempo y sé cuidadoso. ¡Piensa! Vamos, no dejes de pensar, ni por un segundo. Tic, tac, tic, tac… Allí, estabas, tú. ¡Tú! Ahora ya te tienen. Eh!, nada de llorar, pues eso, no te va a salvar ahora. ¡Mira su cara, Jon. Mira un poco más allá! ¿Se te hace un nudo en la garganta? ¡Qué emoción tan poderosa, viejo amigo! La emoción más amarga de tu existencia. Idéntico desconsuelo, al de la perdida de la sonrisa de tus hijas… Vivimos la cólera de los desalmados. Es tiempo de metralla y trilita. ¿Sigues dudando sobre cómo se muere? ¡Así, es Jon! Recuerda, que tú y yo estamos muertos. Piensa, en ello.







                                                                                 Fin








                Dedicado a todas las víctimas del atentado del 22-mayo-2017 en el Manchester Arena 






Fotogramas adjuntados


The Docks of New York (1928) by Josef von Stenberg
The legend of hell house by John Hough (1973)
Cry Terror by Andrew L. Stone (1959)
K-Pax by Ian Softley (2001)






    
           

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