La gabardina solar

abril 29, 2017 Jon Alonso 0 Comments








Aquella última tarde de abril tumbado en una vieja hamaca; sudaba una especie de efluvio viscoso y glutinoso. Tenía la tez pálida y apuntaba con la mano derecha a la puerta del rellano. No me temblaba el pulso. Algo que aprendes con el oficio, tras largos años de trabajos y el manejo de todo tipo de armas. La noche se volvió fría y silenciosa como una gruta noruega. No obstante, aquel rellano era unos de los incontables pisos de la gigantesca finca derruida por el último bombardeo de la gran Guerra Solar de 2087. Los evidentes signos de violencia —en el corredor central— atestiguaban lo que estaba pasando. Al fondo de aquel largo pasillo; se dejaba ver la figura solitaria de la gabardina. Ésta, seguía aporreando la puerta 9. De inmediato, la criatura derribó uno de los muros; que pilló a un niño rollizo de cabellos rizados rubios. Sin darle tiempo para rectificar la posición, la criatura se abalanzó sobre él. El bermejo chaval se zafó con un gracejo sutil. En apenas dos segundos, la bizarra criatura chocó contra la puerta corredera de cristal que daba al patio. Ese bicho —los más viejos del lugar— lo llamaban el Colombo de las tinieblas. Una especie de lagarto de Borneo con cabeza de Pitbull muy cabreado. Ni corto, ni perezoso acerté de un disparo rápido —a una sola mano— en el costado de la extraña criatura.














Se escuchó un alarido agudo muy prolongado. Una de sus patas resbaló con el empedrado del bordillo de la vieja piscina; ahora convertida en ciénaga. Se hundía precipitadamente y acabó por sumergirse del todo en la enmarañada alberca. Me acerqué, con cautela, ya que la única luz del patio venia del ardiente plenilunio. Sin embargo, mi olfato me daba que, en la fetidez de aquella agua estancada; se escuchaba un murmullo burbujeante. La bestia estaba allí y juraría que aquel engendro llevaba una gabardina del siglo XX, de aquellas tan famosas de Cortefiel. El patio del complejo que daba —a lo que un día fue— la hermosa y funcional piscina comunitaria; se había transformado en una oficina acuática donde residía la bestia de las bestias. Anduve vigilante y me quedé traspuesto, en una pequeña cabezada. Nuevamente, la delicada y perspicaz anatomía de mi oído vuelve a escuchar, el arremolinamiento del agua, y, un fuerte zumbido de abejas. Éstas, parecían estar coléricas. La criatura volvió a levantarse y lanzó un zarpazo al aire como queriendo atrapar el tropel de abejas que sobrevolaban la vieja piscina.















Ahora, si me notaba completamente despejado. Estaba convencido de lo que veía delante de mis ojos. Noté como temblaba el suelo. Entonces —veía— con un exultante asombro, al lado de la pared resultante, una lustrosa garra de su pata izquierda. Entonces, para mayor desconcierto, atisbo un grandioso salto del extraño ser. Sin embargo, aquella rara creación, no calculó bien ese brinco y se quedó plantado. De espaldas, cola y aguijón saliente, a través del corte de la gabardina. Estaba muy harto del puto bicho: lo esperaba con ganas. Apuntándole al centro del tronco. Decidí que si lo fulminaba sería mirándole a los ojos. Giró su enorme cabeza rabiosa y rugosa. En ese mismo instante, me quedé fuera de juego, cuando sonó un grave lamento. Un quejido gutural de bestia dolida en amor propio.  Se había clavado una enorme esquirla de los muchos ventanales rotos que cruzaban el pasillo. A continuación, para mayor, perplejidad, en toda esta lucha: el bicho me habló en un perfecto español. —“Quizá puedas matarme, empero muchos otros vendrán y seguirán llegando, uno tras otro…” El tono de su voz, te congelaba la sangre, era un sonido que venía de lo más profundo del infierno. 














Me sentí confundido unos segundos. Y lleno de rabia, disparé todo el cargador, de mi gastada Beretta 92, en la arrugada cabeza del bicharraco. Mientras, un mortal, esputaba la siguiente frase: —“¿Acaso no soy yo el condenado, el mismo, que detestáis, el que siempre os alivia del horror y os limpia vuestras heces, cabrón de mierda? Dices que Dios es compasivo, puede que lo sea verdad. Pero es tan sólo una probabilidad. Y qué más da, hace tanto tiempo que le traicioné a mi corazón, que ya no recuerdo donde vivo.” Me desplomé como una manzana de Newton. A lo lejos, unos niños contemplaron aquella luz salvadora, y, por el orificio de dónde provenía, salieron al exterior. La luz del día les deslumbraba y excitaba. Ya no llovía y el sol brillaba con fuerza. Las pupilas del salvador estaban estáticas y dos enfermeros del psiquiátrico le echaron su gabardina de Cortefiel por encima de su frío cuerpo. Desde la escalinata del hospital psiquiátrico un anciano, con un libro de los “1000 años de confidencias”, sonreía con la mirada perdida. Y repetía mirando al cielo: “Gracias a Dios, gracias a dios, gracias al salvador”




                                                                                      Fin







                                       Dedicado a Jonathan Demme febrero 1944/abril 2017 In Memoriam





Fotogramas adjuntados


Black Mirror: Hated in the Nation(2016) by Charlie Brooker
Suna no onna (1964) by Hiroshi Teshigahara
Them! (1954) by Gordon Douglas
Phase IV (Phase Four)(1974) by Saul Bass







      
                    

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Carole Landis: la Baby Doll que encontró a Miss Lombart

abril 02, 2017 Jon Alonso 0 Comments








Dicen los astrofísicos que una estrella es una esfera luminosa de plasma que mantiene su forma gracias a un equilibrio hidrostático de fuerzas y a su propia gravedad. Luego, según su vademécum científico, todo lo demás —que viene después— es un subidón de gas. Como el plasma de las primeras Panasonic HD. Una auténtica maravilla, que bien mantenida, te proporciona tardes y noches de placer infinito en tu salón comedor. Del mismo modo, que al plasma, lo mató el gas; al vídeo fue la estrella de la radio. Pero nosotros estamos en el territorio, de esas mujeres, que cuando las veías andar, uno no podía dejar de mirarlas. Igual que una constelación de estrellas en una hermosa noche de verano. Carole Landis era un portento de mujer. De nuevo, una encantadora Afrodita en la Babilonia que olía el ambiente de la II GM. Una América que volvería, por enésima vez, a contemplar caras desencajadas de sus héroes de guerra. Evidentemente, Roosevelt, tenía el mejor remedio para estimular a las tropas: el esplendor de las estrellas Made in Hollywood para recuperar el fervor patriótico. Carole Landis a lo largo de sus frenéticos 10 años de trabajo recorrió más de 100.000 millas desde el Caribe, Reino Unido, Argelia, y el Pacífico Sur, en el mayor conflicto bélico del S. XX. De las campiña británica, a las dunas del Sahara, y después, a las más inhóspitas junglas del Pacífico meridional. Todo por la patria, todo por un sueño. En 1919, una chica de Wisconsin, nacida con el nombre de Frances Lillian María Ridste, un día de Año nuevo, alunizó en el planeta tierra. Era una niña preciosa. El primer piropo —que le dijeron sus padres— fue “Baby Doll”. Alfred Ridste, un mecánico del ferrocarril, de origen noruego y su madre Clara de procedencia polaca. El salmón de su padre salió por piernas. De por sí, era un tipo complicado que acechaba a la bella, y linda futura, Carol (Frances). Finalmente, se divorcian y su madre Clara, tras digerir la situación; no se lo pensó dos veces. Armada de coraje, sin blanca y con cuatro bocas que alimentar puso ruta a California. Su hermana, Dorothy, Lewis y Jérôme Laurent. En el soleado oeste, de la villa de S. Bernardino, la pequeña Frances, se las ingenió para sobrevivir a la muerte de dos de sus hermanos pequeños: un incendio doméstico terminó con Lewis y un balazo de unos chavales —a modo de gamberrada— fulminó al pequeño Jérôme. Aquel trago, sumado a un ambiente, de acoso sexual, por parte de un moscón familiar y una trayectoria académica muy floja; hizo que Baby Doll se presentase, con 12 años a concursos de belleza.














La pequeña comenzaba a recoger sus primeros premios. Desde un par de medias de seda, hasta un horno eléctrico. El affaire de los concursos de belleza y los pequeños botines obtenidos por Frances, no eran del agrado de su madre. Siguió su vida de adolescente, entre las tareas domésticas y la cohabitación en el colegio Jefferson. No muy tarde, pues ya saben, como son las primeras amistades del “cole” le colocaron la etiqueta de chica alocada. Según la rumorología de la High School; era de unas ideas disparatadas. Aunque, daba visos, de una perspectiva más profunda, en torno, a la tolerancia, en una América muy racista. La joven Frances le acompañaba su agraciada anatomía física y el carácter atlético. Le encantaba el béisbol. No el hecho de su fascinación por la diversión del deporte, sino las ganas de su participación. Intentó crear un equipo de béisbol y otro de fútbol. El rector del instituto pronto le apartó de aquellas ideas, por considerarlo, una práctica burda y poco mujeril. Al final, abandona el instituto y con apenas 15 años, se casa con su amigo y vecino del barrio, Irving Wheeler. Un joven de 19 años que no tenía grandes estímulos a corto plazo. Pero cuando, Frances le propuso que se casaran y escapasen a Arizona; no lo dudo, ni un minuto. La aventura no tuvo largo recorrido, ya que su madre, Clara presentó su condición tutelar, de Frances como una menor. El juez estipuló la inmediata anulación de aquel matrimonio. Tuvo que volver al hogar y achantar con las labores domésticas. No era buena la convivencia con su madre. Así, que comenzó a trabajar en pequeños empleos. Fue camarera en una hamburguesería, moza de almacén y acabó siendo la chica de la linternita del cine. Evidentemente, con carácter muy eventual.  Definitivamente, Frances, estaba preparando una las decisiones más importantes de su vida. No aguantaba, aquella casa, ni el ambiente familiar, ni aquellos trabajos esporádicos. Cogió la hucha de sus ahorros y los 100 dólares que habían en ella. Compró un billete de autobús por menos de 20 pavos, directo a L.A. Confidential. La ciudad donde hay un lugar, al que llaman Hollywood ¿Les suena la música? Creo que sí. Estoy convencido. Frances Landis amaba a una actriz, por encima, del resto. La Lombart era parte de su universo personal. Sus fotos convertidas en mural de su habitación: la elegantísima Carole Lombart. Decidió teñirse el pelo de rubio y tomó el nombre artístico de "Carole Landis".














Un gran homenaje personal a Carole Lombart. Sus primeros escarceos con el mundo del espectáculo son en la ciudad de San Francisco —coto multicultural— lugar donde se sintió cómoda trabajando en un club nocturno, como bailarina de hula-hula. La prensa del higadillo, siempre especuló que Carole Landis, iba corta de dinero y una forma, de llegar a fin de mes, fue prostituirse por las calles del centro de SF. Algo que también se ha dicho de Joan Crawford y Marilyn Monroe. Lo de radio macuto es un invento incorregible. Al igual que la sonoridad de los ríos. Por fin, su sueño, comienza a tomar forma y sella su primer contrato con la Warner Brothers, como Carole Landis. Su representante, fue también, su futuro marido; Busby Berkeley. Un coreógrafo muy currante pero que venía de solventar algunos problemas mayores con ley. Su afición a la del cuello largo y el volante, no le trajo nada bueno. Berkeley le consiguió un una buena negociación, ya que para una chica de 18 años, aspirante a actriz, 50 dólares semanales en aquella época era todo un sueldo. De repente, un encuentro con una gran conocida de este mundo tan admirado y llorado; Diana Lewis, futura esposa del cineasta W. Powell. Ésta, tuvo tan buen feeling con CL, que terminó por regalarle un collar del que pendía una llamativa cruz de oro. Aderezo que, en su corto recorrido por este mundo, siempre llevaba encima. El collar lo podríamos denominar; como su amuleto de la suerte. Llegó, el que definiríamos como, su primer matrimonio, a todos los efectos legales, con el citado, coreógrafo Busby Berkeley: 20 años mayor que ella. Siguió actuando en pequeños papeles, pero con grandes directores. Desde su debut en "The King and the Chorus Girl" (1937) de Mervyn Le Roy, al lado de estrellas como Joan Blondell o en "Four's a Crowd" (1938) de Michael Curtiz, con Erroll Flynn, Olivia de Havilland y Rosalind Russell. Hasta que en 1940, el cineasta Hal Roach la escogió para trabajar en "One Million B.C." Al lado de su actor fetiche Victor Mature, de mujer prehistórica con apenas, unos harapos de ropa. Dejó al público perplejo, La película fue un éxito, y Carole alcanzó la fama. Mostrándose como un ser virginal y lleno de hermosura. Lo de la fama fama tenía sus peajes, y para una mujer como ella, estaba claro que el apodo estaba muy preparado. Se quedó con aquello, de "The Ping Girl" y "The Chest", por calibre de sus pechos.














Como hemos dicho, una pernada más, del viejo Hollywood y la supervivencia en un mundo machista. Cosas del sistema. Aquellos primeros años de los 40, Carol Landis actuó en un buen número de películas muy célebres y taquilleras. Comenzó siendo una figura con una cara muy bonita y terminó siendo una actriz protagonista. Eso sí. Hollywood marcaba el canon; su nariz no tardó mucho en pasar por las manos de los cirujanos de las compañeras de oficio, caso de mítica, Lana Turner. Comenzó una dieta muy rígida y compuso uno de los cuerpos diez de aquella época. Al poco tiempo, nuevo trabajo en “Cadet Girl” de Ray McCarey (1940). Convertida en la auténtica protagonista. Comedia romántica y musical, donde CL destacaba. Su magnífico y pulido físico enganchaba al público. Además cuando tuvo que interpretar papeles, la Landis los cantaba, y lo hacía bien. Es obvio que este negocio funciona así y CL lo notaba. Evidentemente, estaba bajo el foco de los grandes zorros de las majors. Nuestra simpática rubia oxigenada consigue un contrato con 20th Century Fox y se convirtió en amante oficial de Darryl F. Zanuck. El halcón DZ deseoso de tener entre sus manos a una nueva rubia en el barco. Llega el rodaje de “Moon Over Miami” de Walter Lang y “I Wake Up Screaming” de H. Bruce Humberstone, ambas en 1941 junto a Betty Grable. La Landis se convirtió en una pequeña parte de aquel sueño americano. También en, “A Gentleman at Heart” en 1942 de nuevo, Ray McCarey, al lado de su fiel amigo, César Romero. Muy en boga con su labor social, siempre cercana, a las tropas, también rodó, al lado del mismísimo Glenn Miller y George Montgomery “Orchestra Wives”(1942) de Archie Mayo y llegó un película que marcó un antes y un después, “My Gal Sal” de Irving Cummings, donde tuvo que lidiar con una Rita Hayworth que tenía embelesado a Victor Mature y al viejo Zanuck. Se prestaba a los tabloides y estos buscaban su entrevista. Algunas declaraciones dejaban al personal pensativo.: “El cielo sabe que yo quiero que la gente piense que tengo sex appeal. Pero también que tengo algo más que el mero atractivo sexual” Y la verdad que CL, no era tan solo —como diríamos en estos tiempos— un pivonazo del calibre 33, embutida en shorts diminutos, sexys negligees o trajes de baño de lo más “cool”. Obviamente, tenía un público detractor, esos puritanos de tres al cuarto, que veían sus películas tras un periódico en la sala oscura.













La chica Landis no era sólo un quesito holandés, pues, era una contumaz lectora de literatura norteamericana: Hemingway, Coward o Maugham estaban entre sus preferidos. Lecturas que acompañaban su largar giras por el mapamundi. A lo largo del periplo del conflicto bélico de la II GM. Escribió parte de sus vivencias para El Saturday Evening Post. Carole Landis dio, lo mejor de sí, por el tío Sam. Vendió bonos como churros en las Fallas de Valencia.Visitaba constantemente a los heridos —en los propios hospitales de campaña— tras el combate. Y también, llevo a cabo, una de tareas de redacción a las huestes huérfanas de familiares. Todo este esfuerzo le pasó factura y lo pagó muy caro. Enfermó de malaria y otras enfermedades tropicales algo que le dejó una macula, invisible, pero ahí estaba. Luego, les contaremos el porqué. Uno de sus títulos más populares fue el docudrama “Four Jills in a Jeep” (1944), en el cual se mostraban los números musicales que Junto a las actrices Kay Francis, Mitzi Mayfair y Martha Raye realizaron para animar a las tropas estadounidenses. Desgraciadamente, cuando terminó su relación con el lince de los sofás Zanuck, su carrera se vino a menos y quedó relegada al furgón de la serie B. Entonces, mucha gente se hacía la misma pregunta que servidor: ¿Qué demonios pasaba por la cabeza de Carole Landis? Ah! esa maldita enemiga, silenciosa y caprichosa, idéntica a la de Stern, Monroe, Vélez y el etcétera. Nunca se terminó de sentir realizada al 100%. Cuentan los más allegados que sus intentos suicidas no iban de boquilla. Entre 1944 a 1946, la tentación subyacía en su interior. Carol Landis no encontraba su verdadero coto de placidez. Algo no terminaba de encajar, claro, que cinismos a un lado en Hollywooland ¿Quién no se ha casado y divorciado por mero capricho? Unos cuantos... Lo que sí que resulta chocante y extraño son esos 6 divorcios entre los años 1937-1947 En su década dorada CL se casó con el imberbe vecino de Wheeler. Vamos a decir, que este matrimonio, fue cosas de chiquillos. Pero con Busby Berkely, el hombre que sentó los cimientos de su carrera, la cosa se quedó en cuatro años. Es verdad que la duplicaba sobradamente en edad. 














Después se casó con el millonario, Willis Hunt Jr, un bróker de yates de lujo. Es obvio que no hubo mucho roce entre ellos; dos meses. No está mal. En plena jungla tropical se enamoró como una cadete de Marín del Capitán Thomas Wallace. La cosa terminó en 5 meses. Hasta el capitán dejó para la posterioridad aquello de “yo sabía que nunca sería el Sr. Landis”.CL no conseguía la anhelada estabilidad emocional y sentimental. Ni todos los amantes que cortejaron y estaban rondando a la superubia del US Army. Una lista que podría formar una promoción de nuevos cadetes de West Point. César Romero (el gran amigo y confidente de Carol), Spencer Tracy,  Charles Boyer,  Victor Mature,  Burgess Meredith,  Charles Chaplin,  Mickey Rooney,  Pat De Cicco,  Robert Stack, Oleg Cassini, George Montgomery Franchot Tone, Cary Grant, Anatole Litvak y Bob Topping el futuro marido de una vieja rival: Lana Turner. Todo un gran equipo de mozarrones en las noches más solitarias del Hollywood Underground. ¿Tan tocada dejó a Carol Landis la ruptura con Mr. Zanuck? ¿Todavía le pesaba en el alma su tintado rubio, cuando, creía que iba a ser la nueva Scarlata O´Hara? No. Carol Landis, era una mujer capaz de pilotar un B-52,s y hasta un tanque Sherman. Era valiente y vital. Sin embargo, la vida proseguía, y llegó junio de 1944. Carole se fue de nuevo en una nueva turné mundial para divertir las tropas. En esta ocasión acompañada por Jack Benny pero ya debilitada por el episodio anterior de malaria. Ahora, quien acecha es el paludismo y sufre un proceso de una neumonía en Nueva Guinea. Ya en 1945 y con el acta de divorcio en la mano, del Cap. Wallace dio con el productor de Broadway W. Horace Schmidlapp, al que resistió tres años. El nuevo elegido de su corazón: Horace Schmidlapp, multimillonario y accesoriamente productor. Carole parecía más feliz y determinada a administrar mejor su vida y su carrera. Es bella, es célebre, es rica a la edad de los 24, ahora desea cumplir su sueño, de ser reconocida como una verdadera actriz y dejar a un lado la vitola de la sempiterna «glamurosa corista», y por supuesto fundar a una familia.















Un matrimonio estable y con niños son su nuevo fin. Además venía de rodar dos films interesantes, obviados por la crítica, con dos directores, sui generis, el Noir “Behind Green Light”(1946) de Otto Bown y “A Scandal in Paris” (1946)  del maestro D. Sirk, al lado de Gene Tierney. Pero cuando ellos vuelven a Hollywood en noviembre de ese mismo año, no es para un asunto de nuevos contratos o irse de compras, pues, Carole debe ser hospitalizada urgentemente. Las secuelas de sus enfermedades exóticas adquiridas en el Pacífico Meridional, empiezan a dar señales preocupantes y los continuos dolores, en el vientre, son inaguantables. Ella teme que sus posibilidades de maternidad se vean sesgadas definitivamente. Carole Landis también sufría endometriosis. El golpe la deja fuera de juego, ya no en lo físico, pues, sus últimos trabajos quedaron en el olvido y solamente, le quedaba el circuito de las producciones de low cost. Todavía frágil y desubicada acaba dándose de bruces con el presuntuoso y cruel actor inglés Rex Harrison (aquel que le hizo llorar a moco tendido a Audrey Hepburn en “My Fair Lady” 1964) y se enamoró locamente del tipo. Una pasión recíproca. Un adulterio compartido: Landis con Horace y Harrison con la prusiana y exquisita actriz, Lilli Palmer. El matrimonio Harrison&Palmer habían llegado a Hollywood en 1945. Lili Palmer era una mujer talentosa y acaba de ser contratada por la WB. Su esposo tenía la vitola de conquistador vanidoso. Rex Harrison pasaba los fines de semana con Palmer y el resto de los días con su querida: Carole. El actor consideraba a Landis una muesca más en su currículm de amantes. Al parecer, a la buena de Landis, le contaba la milonga que ella era la mujer de su vida.















Había intentado pedirle el divorcio a Lili Palmer y ésta, no se lo concedía. Harrison tenía fama de jactarse de los suicidas y alardeaba de determinados chistes misóginos, en petit comité. En el fondo, el tipo era un pieza, en toda regla. Evidentemente, como actor era muy bueno. Demasiado bueno. Y le divertían los enredos. CL parecía estar cansada de la tensión entre las propuestas de Hollywood y los contrasentidos de Harrison. Se fue a Inglaterra, durante seis meses, —lugar donde sentía un especial recuerdo— durante sus bolos castrenses. Allí rueda sus dos últimos films; “Noose” de Edmond T. Gréville y “Brass Monkey” de Thornton Freeland en 1948. De vuelta a su mansión de Hollywood, CL, empezaba a tener claro, que RH no se divorciaría. Unas voces hablan de entereza por parte de CL y otras, que entró en una crisis de ansiedad. Como una joven enamorada, de sus tiempos en S. Bernardino, decidió tomar el camino rápido del Seconal. Un barbitúrico muy conocido por estos lares de las crónicas más subterráneas. ¿No les suena todo esto demasiado extraño o muy normal? Tomar una sobredosis de Seconal, la madrugada del 4 de julio (fiesta de los EE.UU) cuando unas pocas horas antes, se hallaba charlando con su médico personal, el Dr. Douchebag. Y es que la vida es así de antojadiza. Una nace un día de Año nuevo para morir unas horas después, el 4 de julio.  El 5 de julio de 1948, tras tocar varias veces a la puerta de su habitación —en su lujosa casa de Pacific Pallisades— Mr. Harrison encontró a Carole tirada en el suelo, su cabeza reposaba, sobre un joyero con sus anillos. En una mano sostenía varias píldoras y en la mesita de noche había una carta dirigida a su madre: “Adiós, ángel mío, reza por mí, tu baby doll” y otra para su secretaría. Baby Doll se había marchado de este mundo con 29 años. Tal vez, en busca de su auténtico amor, Carole Lombart y el tío Sam. Lo demás es polvo de estrellas hidrostático. Nunca te olvidaremos Miss Landis.







                       Dedicado a Salvador Paniker marzo 1927/abril 2017 In Memoriam







Fotogramas adjuntados


Carole Landis en US Army
One Million B.C(1940) by Hal Roach
“Moon Over Miami”(1941) de Walter Lang
"A Gentleman at Heart" (1942) by Ray McCarey
"Behind Green Lights" (1946) Otto Brower
Rex Harrison&Carole Landis (1948) bailando
Carol Landis (1948) muerta en el suelo de su mansión






Biografía consultada y recomendada


Carole Landis: A Most Beautiful Girl  by Eric Gan  Ed. University Press of Mississippi 2008
Carole Landis: A Tragic Life in Hollywood by E.J.Fleming  Ed.McFarland 2005











             

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La rodilla de Mephisto

marzo 10, 2017 Jon Alonso 0 Comments








Recuerdo un viejo sueño que solía repetirse en las noches más oscuras de finales de otoño: cuando los perros gimen rabiosos y los gatos maúllan desesperados. Una ciudad sin nombre, un laberinto de ladrillos, de callejones grises, de torres sin vida y taciturno latir. Su único gobierno es el miedo. Y encima de la gran muralla se halla el trono de un malvado noble que castiga con cruel vehemencia a todo aquel que intente poner fin a su reino. Un abismo de olores perdidos en un negro pozo —que tan solo  percibe el regusto salado del pescado podrido. Entonces, hago escena en la escalinata principal de la plaza del lugar. Entre el pavor y el terror de la situación —exasperada— eché a correr por sus hoscas calles. Siento el aliento de un cazador de recompensas hambriento, que muerde por donde pasa, y se pliega en mi cerebelo. 













De repente, despierto y siento que no me encuentro en mi cama. Mi rodilla derecha está destrozada. La sangre chorrea, mientras los cartílagos que cuelgan de mi tibia parecen saludarme la mañana. Grito pidiendo ayuda en vano. He visto una sombra, con la forma de un leviatán, sosteniendo una navaja de afeitar. Esto es, el fin. Cada noche, la misma pesadilla; la misma lucha que se repite, una y otra vez, como los sonidos graves de una peregrina canción machacona, de la ruta del Bakalao, dentro de un altavoz JBL. Desconozco que destino me espera, pero si eso ocurriera, tampoco me preocupa. Mi mente sigue susurrándome cosas que sonaban como una olla de cobre y timbre obtuso. Sonidos en palabras de mi boca, sentirían a cada fonema pasar, por un alambre dentado y cercano a la columna vertebral. Huyo, solo huyo. Y no importa si me escondo en los parapetos más oscuros o en las ventanas más altas de las negras torres.












Él, sabe cómo encontrarme. Aunque, mi miedo dejase un hedor, una impronta en su percepción más profunda; que el fondo de un vientre materno. Como si el único objetivo de su vil existencia fuese dar caza a mi persona. Estoy solo; completamente solo. Yo y mi oscuro acechador. Aún no estoy muerto y mis ausencias en la casa de los dioses, me las están premiando con una eterna tortura, en el peor de los infiernos. Dicen que morimos postrados, como viejos maniquíes, en grandes almacenes de los 70. Embelesados y rodeados de bombas hospitalarias, entre bacines de orines y disfunción gravitatoria. Puede que nos extingamos, aunque nuestros párpados den muestras de alivio. Hay una triste mirada final hacia los rostros que se apiadan de mí. Pero aquí, en la sala del mortuorio, todo es demoledor. Un lugar donde las luces tenues de los vestidores dan paso a la más absoluta de las soledades de esta última penitencia.










Creo que por fin, he matado al barbero leviatán. Al final había llegado el momento de mi muerte indiscreta. Algo que he traído en este último viaje a la ciudad sin nombre. De repente, me acosaron extraños pensamientos; sospeché que en realidad no había muerto, que se trataba de un simulacro preanestésico. Un inmundo tufo a agua estancada, a semen de internado y embutido descompuesto. Ahora acecha en la penumbra de mi cuarto. Algo que resulta ser tan excitante, como la presditigistación de Mephisto al cordero inocente y solitario. Aquello que atrajo mi desdén, al castillo del infame, para revelarme su amor y de paso contemplar el fulgor de la muerte extendida, disimulada, entre espejismos holgazanes y recuerdos mundanos. Por fin, el horror de la hoja de afeitar se convirtió en seductora levedad, cubierta en un sudario de lino. El éxtasis de mi victoria se hacía consciente. Mientras, en mi nuevo mundo, se marchitaban las palabras, los horrores y los espantos al caer las tinieblas. En este instante, descanso en paz. Pues, jamás, estuve allí.










                                               Dedicado a Howard Hodgking, agosto 1932/marzo 2017 In Memoriam










Fotogramas adjuntados


Carnival of Souls (1962) by Herk Harvey
The Curse of Frankenstein (1957) by Terence Fisher
The Flesh Eaters (1964) by Jack Curtis
No Such Thing (2001) by Hal Hartley










                  

Alma Rubens; 33 años fatales en la pantalla muda

febrero 03, 2017 Jon Alonso 0 Comments






Desgraciadamente, la memoria es una arma de doble filo; frágil y prodigiosa. Dentro de nuestros itinerarios, por el mundo de las grandes femmes fatales y divas del cine mudo, no podríamos olvidarnos de una magnifica artista de aquel cine, que es pura esencia artística; Alma Rubens. Posiblemente, otra víctima de la vieja Babilonia, en la dorada California. Tal vez, una joven soñadora que quería ser feliz en el Xanadú de los sueños cartón-piedra. Obviamente, en la tierra de la vieja Sodoma y Gomorra, el precio por ser una gran estrella en el firmamento tenía unas cláusulas muy arriesgadas de solventar. La jornadas maratonianas de los estudios y la medicina de pan para hoy, hambre para mañana hacían mella en todos sus artistas. Alma Rubens fue otra de aquellas jóvenes que vivió rápido y fugaz. La hermosa y atractiva Alma fue reo de sus mayores temores y tormentos personales, transformados en demonios, camuflados entre polvos de todos los colores: cocaína, heroína y morfina. Así como una larga lista de psicotrópicos. ¿Y cómo no? la vieja amiga de medio mundo: la del cuello largo. Alcohol en un mundo prohibido por decreto federal. Suena demasiado cómico. Pero fue así. Alma Rubens llegó a esputar que era una malvada drogadicta, pero no judía. El final de esta historia duró muy poco tiempo, el mismo que la edad del mesías en su crucifixión, 33 años.  Alma Genoveva Reubens —nombre de pila— nació en San Francisco (California) el 19 de febrero de 1897. Su padre, John Reubens, era judío alemán emigrado a Estados Unidos, mientras que su madre, Theresa Hayes Reubens, era de ascendencia irlandesa y tradición católica. AR tenía una hermana mayor llamada Hazel. Rubens apareció en casi 60 películas para Famous Players, Cosmopolitan y Fox Studios. El azar hizo que ella estuviera en el teatro como aspirante a corista, en el mismo instante, que una de las chicas del plantel no pudo acudir por enfermedad. A los pocos meses la compañía de teatro arribó a Los Ángeles. AR no tardó en marcharse del coro teatral —siguiendo los consejos de un maduro actor de banquillo—, Franklyn Farnum. Rubens acabó yéndose y obtuvo un pequeño rol en una película. Y por supuesto, que aprovecho la ocasión, entrando en el mundo de la interpretación con pequeñas apariciones puntuales. Eso sí. Films de innegable calidad. Caso de Peer Gynt (1915), El nacimiento de una nación (1915), Intolerancia (1916) del maestro D.W. Griffith. Su oportunidad de actuar en una película para la gran pantalla llegó en el mismo, 1916, a través de la película "Reggie Mixes In". Alma decide cambiar su apellido original Reubens (difícil de deletrear por su conjugación germánica) por el más sencillo y comercial Rubens.














Su belleza y su dinamismo delante de la cámara iban dando sus frutos, pues cada vez, llegaban mejores papeles, gracias a las recomendaciones de Douglas Fairbanks y William S. Hart. Además, Alma Rubens tenía una capacidad innata para expresar emociones que conmovió a un público entregado y la atención de la exigente crítica. Rodó junto al galán D. Fairbanks, The Half Breed (1916) de Allan Dwan. AR, estaba radiante, 19 años y toda la vida por delante. En apenas una década se casó tres veces. El primero fue con el veterano y sibilino actor Franklyn Farnum —veinte años mayor, que Alma— en junio de 1918. Rubens y Farnum se casaron secretamente y dos meses más tarde ya estaban separados. Según la demanda de divorcio de Rubens, ella, lo denunció por un continuado maltrato físico, al sujeto Farnum le gustaba lo suyo empinar el codo. Incluso, en una ocasión, recibió un puñetazo que le provocó un desplazamiento de mandíbula. Su divorcio se consumó en diciembre de 1919.  Eran tiempos de trajes rayados y bigotes con sombreros boater y bastón. De esta guisa andaba, Adolph Zukor, el jefe de Paramount que escupía sapos, al ver el resultado de la mejor película que había rodado hasta el momento Alma Rubens, Humoresque (1920), dirigida por el ínclito, Frank Borzage. Zukor no terminaba de comprender como Borzage había sido capaz de rodar un melodrama, en torno, a una familia judía de clase obrera y sus devaneos por el Lower East Side. Zuker maldecía el film, ensimismado, en sus trece, pues, persistía en refrendar que si se hacía un drama sobre judíos, este debería de ser sobre los Rothchilds. Es decir, la clase alta y triunfadora de las finanzas del nuevo mundo. Y remarcaba: esos son los auténticos judíos que quieren ver los judíos, que pagan por una entrada, 75 minutos de entretenimiento. Humoresque fue una de los grandes éxitos del cine mudo. La novela de Fannie Hurst era un buen punto de partida que el prestigioso guionista Frances Marion le diera la suficiente forma y le contestase al bocazas de Zuker, como se hace un guion. El film fue producido por el cosmopolita William Randolph Hurst, mecenas y dueño de medio mundo editorial de los USA, que acababa de contratar para su productora a la exultante Alma Rubens. Estaba que no cabía de gozo y entusiasmado con el trabajo y la belleza de AR. Aquel pelotazo de taquilla fue el espaldarazo definitivo en la carrera de Alma. AR volvió a ponerse, por segunda vez, delante del inefable Frank Borzage en The Valley of Sillent (1922) otro gran éxito que seguía manteniendo, etéreamente, a la Rubens en la estratosfera, pero el proceso gravitatorio ya estaba en marcha. 














A lo largo de ese año rodó “The Word and his wife” (1920), “Thoughtless Women” (1920) y Find the Woman” (1922) a las órdenes de su futuro segundo marido el Dr. Daniel Carson Goodman. Un médico de dudosa reputación, guionista y productor. Éste, en noviembre de 1923, se casó con el Dr. Daniel Carson Goodman, además de galeno,guionista y productor cinematográfico.También era un mal bicho. El mismo que sabía de la adicción de Alma con los estupefacientes. Adicta a la cocaína por el estrés del trabajo; interminables y dilatadas horas de rodaje a destajo. Pero llegaron los problemas más serios, de índole biológica, tras un largo periplo de dolores abdominales. Visita a un ginecólogo donde se le detecta una endometriosis, una condición ginecológica donde se cree que es hormonalmente sensible y que puede convertirse, en extremadamente, punzante en diferentes momentos durante el ciclo menstrual. Las inyecciones de terapia hormonal e incluso ahora, cuando las hormonas no funcionan, los estupefacientes solían prescribirse a menudo. Alma Rubens sabía de los efectos de la cocaína y alcohol para estimular el cansancio, pero desconocía a su joven edad las secuelas de la adicción a la morfina. Aquel ginecólogo le prescribió sus primeros chutes del opioide. Y la historia se vuelve a repetir: mentiras y paranoias donde el implicado, nunca tiene la culpa. Claro que todo el que está a tu lado: es tu enemigo. A mí me cae bien Alma Rubens, como todas las mujeres que pasan por mi diván y voy a concederle el beneficio de la duda. Empero su esposo se vio implicado en un oscuro asunto. En 1924 el todopoderoso W.R. Hearst da una fiesta, a bordo de su yate, el Oneida, donde se produce el misterioso asesinato del productor Tom Ince. Alma y Daniel se divorciaron en enero de 1925. Sin embargo, en el diario personal de Alma Rubens era una mina para todos los que ejercían de críticos y cronistas del espectáculo y peregrinos sucesos. Son más que evidentes, los movimientos opacos de la actriz, como el affaire con una sirvienta negra, a la que sobornó con abrigos de visones y acabó vendiendo a los dealers casi todo el ajuar para costearse las dosis de morfina y cocaína. Y es que el problema residía, en el cansancio y el abuso constante. Alma Rubens se convirtió en una adicta a los narcóticos y el alcohol. A partir de 1926 se catequiza en un peligro público para los estudios. Su inestabilidad emocional deriva en intensos estallidos de violencia. Broncas en hoteles, donde las orgías duraban días y días. Noches blancas y licor.













Nuevamente, se casó en 1926, con el actor Ricardo Cortez. Un tipo que llegó a interpretar al original y tristemente olvidado Sam Spade, el detective privado, que le dio la gloria, al gran Bogie en la versión de 1931 The Maltese Falcon Roy del Ruth. La verdad que Cortez estuvo muy solvente y digno, recreando la figura del personaje de Dashiel Hammett. Ricardo Cortez fue maldecido por la propia Alma, al descubrir que su verdadero nombre era Jacob Kranz, hijo de un carnicero kosher, en una tienda de la primera avenida de New York. AR estaba irritadísima con la cuestión étnica, pues daba por hecho que Ricardo Cortez era un caballero español. A pesar, de que su padre era judío, siempre rehuyó de su condición racial. Cortez demostró su amor y señorío estando al lado de Alma hasta el final de sus días. Gracias a él y, en gran parte, al magnate y mecenas de la actriz William Randolph Hearst, pudo mantenerla en el candelero, apareciendo en la gran pantalla. Aunque sus papeles se hicieron insignificantes: siempre la sustentó y tapó muchas de sus carencias de cara a la galería. Sabiendo del estado personal de la chica de aquel pelo moreno y mirada hipnótica, que ya no era ella. Ya que era bien sabido que WRH siempre estuvo enamorado y fue el gran amante secreto de Alma Rubens. AR se hallaba fuera de control y completamente desbocada. A partir de 1928 se divisaban sus créditos en la gran pantalla, pero ya en el final de 1929, en los filmes “Slot Board” (Barco del Espectáculo) y “She Goes to War” (Ella se va a la guerra) de Henry King": Alma era el espíritu de un espectro andante. Aquel momento, evidenció el dantesco estado, de esta joven y talentosa actriz, muy cerca, de jardín de cipreses. La tarde del 26 de enero de 1929, varias personas vieron como Alma Rubens corría como si el diablo le persiguiera, por Hollywood Boulevard. Alcanzada por dos hombres, la Rubens gritaba desesperada: "me quieren secuestrar, me quieren secuestrar…"Buscó refugio en una gasolinera cercana. Allí los dos hombres intentaron acercarse a ella, cuando de repente, AR sacó un cuchillo y apuñaló a uno de ellos. Tras la agresión, y gracias a la ayuda del encargado de la estación de servicio, el hombre que estaba ileso pudo sujetar a Alma colocándole los brazos a la espalda. Aquel hombre, no era otro que su médico de cabecera; el Dr. Meyer y el hombre que resulto herido era el conductor de la ambulancia —que había venido— en su búsqueda para ser internada en un sanatorio privado.











Tras este incidente, Alma fue ingresada en la clínica Alhambra, de donde salió unas semanas después con la condición de continuar la recuperación y el tratamiento en su domicilio, bajo la vigilancia de una enfermera. Pero el síndrome de abstinencia era demasiado grande como para contener la mesura de Alma; pues no existía. De nuevo, se vio implicada en otro affaire violento, al amenazar con una navaja en el cuello, a su enfermera-cuidadora. La situación era tan delicadamente infernal, que precipitó un nuevo ingreso, esta vez en el Departamento de Psiquiatría del Hospital General de Los Ángeles. Nada tenía que ver con aquella joven rebosante de energía de 1918. Tras estos incidentes, Alma se trasladó una pequeña temporada a Nueva York. Lo intentó en las tablas del viejo Broadway, pero éste le obsequió con una sonora pitada. Todo alrededor de Alma Rubens se tambaleaba y ella se daba cuenta, del poco tiempo que le quedaba. No obstante, estos últimos meses en NY, aprovechó su diario de notas para darle forma, a modo, de memorias. Éstas las finalizó el 14 de diciembre de 1930. Al día siguiente, Alma abandonaba Nueva York y volaba, de nuevo, a Los Ángeles, para continuar el tratamiento médico de su adicción a la heroína y la cocaína al lado de su familia. El 5 de enero de 1930, cuando regresaba a Hollywood después de un viaje a México en compañía de su amiga Ruth Palmer, fue arrestada, por posesión de cuarenta ampollas de morfina cosidas en el forro interior de un vestido de noche. Ese mismo día, desde la prisión de San Diego, afirmó a la prensa: "No volveré a consumir drogas nunca más. Voy a dar ese paso. Nunca imaginé que estaría un día sin beber una copa, y hoy no lo he hecho". Tras su paso por la prisión de San Diego y después de pagar una fianza de cinco mil dólares, Alma volvió a su hogar, al lado de su madre y bajo permanente vigilancia médica. A los pocos días, Alma contrajo un resfriado que derivó en neumonía. Su cuerpo, debilitado por tantos años de adicción a la heroína, morfina y cocaína, no lo pudo soportar. Alma Rubens fallecía el 22 de enero de 1931 a la edad de 33 años. Si hay algo que puede resultar sarcástico de toda esta historia, es que aquella actriz llena de vitalismo, ironía y belleza siempre estuvo al lado de los gangsters de un cine silencioso e irrepetible. ¿Quién le iba a decir que la comedia del cortometraje "The mistery of the leaping fish"(1916) o el misterio de los peces saltarines y la cocaína, al lado de Douglas Fairbanks, fuera una de sus primeros trabajos? Aquella pescadería estaba llena de toneladas de polvo blanco entre peces espada. Fue una de las grandes de su época. Una estrella de la pantalla muda: hermosa y talentosa. Y es que la vida se vive una vez, y en la vieja Babilonia, se vivía cada día con una intensidad insólita, petrificante y fascinante. Te queremos Alma Rubens.









                            Dedicado a la Paloma Chamorro enero 1949/enero 2017  in Memoriam

                     


Fotogramas adjuntados


"Woman's Faith”(1925)  Emmett J. Flynn
"The Dancers" (1925) junto a  George O'Brien 
"East Lynne" (1925) by Emmett J. Flynn
 Alma Rubens&Ricardo Cortez





Biografía consultada y recomendada


Alma Rubens, Silent Snowbird: The Complete 1930 Memoir, with a New Biography and Filmography  by Gary D. Rhodes  Ed. Mcfarland & Co Inc 2006