Las Hermanas de Havilland y el color verde Heineken

noviembre 18, 2013 Jon Alonso 0 Comments








¿Quién no ha escuchado la manida frase?, “Se puso verde de envidia”. Honestamente, no sé el porqué de esta atribución a semejante pecado. Descartes fue quien apreció tan pustulosa imperfección, a modo forense C.S.I. Concluyó: “la envidia arroja la bilis amarilla, que proviene de la parte inferior del hígado, y la negra, que sale del bazo y se esparce en el corazón por medio de las arterias". Empero, como en el bazo no se forma ninguna clase de bilis —en su discurso— del célebre galo. No merece la pena anhelar su física. Lo que es obvio, es que la maldita envida ha traído largos quebraderos de cabeza a gentes notables y por ende, a la mediocre plebe. Pecado de tez sibilina y espinosa detección. Se habrán dado cuenta, lo raro que es escuchar a alguien confesar que tiene envidia. Eso sí, los medios de comunicación han aceptado de muy bien ver lo de “envidiable”. Sea del pelaje o color que sus buenas madres parieron. Después están los celos, que es el eufemismo de todo el maldito embrollo para llegar a la aurora de estos males; Abel y su hermanito Caín. El último, no pudo más y ¡plas!, lo fulminó. ¿Sabían que la divina Marilyn le cogió gato a los ojos violeta, de la Taylor por el millón de pavos que cobraría en el papel de reina de Egipto junto al Marco Antonio galés? No estuvo mal su jugada.














Menudo desnudo—histórico— nos dejó a los presentes, antes de irse a los cielos con su Chanel Nº5. Nunca se les hubiera imaginado a los publicistas de Mad Men, que la refrescante cerveza holandesa haya dado en el clavo con el “Piensa en verde”. Ahora la nueva botella de Heineken es más fluorescente e intenta alejarse de su viejo verde oliva más oscuro, por aquello del cartesiano y la buena dicha a un mundo más esperanzador. Una pena para aquellos devoradores de celos: los mecánicos de la felicidad cerebral. Pobres chicos, empecinados en vendérnoslos el ardid como una falta de autoestima y seguridad personal. Bien, la verdad que también es mala suerte, que las hermanas de Havilland no hayan resuelto sus diferencias deleitándose con una rubia verde bien espumosa. Su relación es y sigue siendo el hit parade de todos los affaires más enfermizos, del pecado venial o celos para los reticentes. La Fontaine o de Havilland —rivales hasta la extenuación— han hecho de esta  patología adelfofóbica el vademécum del  Centro Monte Sinaí. 














Olivia de Havilland y Joan Fontaine. Hijas del abogado británico, Walter de Havilland  y la actriz Lilian Auguste Ruse, que se ganó la vida con el nombre artístico de Lilian Fontaine. Si los hijos son como los melones, imagínense los progenitores. El ínclito letrado salió muy viajero y por razones profesionales la familia se instaló en el Imperio del Sol. El matrimonio ya estaba tocado y la rubeola cazó a Joan. Los médicos sugirieron un traslado a USA. La pareja no lo dudó un instante; nos separamos. Tú a los EE.UU y yo aquí con mi kimono. Lilian crio a las hermanas en excelsos colegios de la soleada California, donde dieron buena fe de la inteligencia que guardaban Olivia y Joan. Esta última, pulverizaba los test de inteligencia. Lo demás, para aquellos que rebosan grandes conocimientos de eso llamado cine y chascarrillos; lo conocerán de sobra. Sin embargo, vamos a simplificarlo; la madre animó en primera instancia a Olivia a hacer carrera en el Hollywood dorado y después, Joan que no le iba a la zaga, cambió su apellido original por el de Fontaine, recuperando el nombre artístico de su progenitora.
















Pero, su carrera no terminaba de arrancar, cuando de reojo veía que su hermana se iba para arriba como Induráin antaño en el Tourmale. Su nombre ya había hecho historia en el mítico film de Fleming y el productor D. Selznick. Las vueltas y venidas de la vida, hicieron que un día se dieran de bruces el lince productor y la ladina Joan. Bebiendo, fumando y charlando comentaron los días de casting del pelotazo “Lo que el viento se llevó” y como ella, estuvo a punto de ser Melania. Pues bien, lo tuvo claro y le asevero a D. David. “Ese papel de pava sólo lo podía hacer mi santa hermana”. La cuestión es que de la noche a la mañana estaba trabajando con el halcón Hitchcock en “Rebeca” y posteriormente en “Sospecha”. La cosa es que las dos eran buenas de cojones y  el asunto terminó en una doble nominación. La prensa del higadillo estaba expectante en el backstage de los elegidos.
















Ahí, en ese instante se cruzaron ambas hermanitas y cuando Olivia intenta felicitar a Joan, ésta levantó la barbilla pasando —olímpicamente— de la sempiterna Melania. Dicen quienes las conocen que ese odio las mantiene vivas a los 96 y 95 años: no quieren perderse el placer de enterrar una a la otra. Al final, siempre nos quedará la sospecha de que el genio  “Hicht” estaba detrás de todo este affaire y le dijo a la Fontaine. —Cuando veas a tu hermana, atenta al guion: —"Me gustaría saber tu secreto para conservarte tan vieja, Melania". ¿Quién quiere la paz con estas dagas? La empresa de pacificación puede ser tan deprimente, como en los mejores años de sus vidas para haberse tomado una rubia holandesa y dejar rencillas. Al final, todo se va a reducir a la acción de un pisapapeles mental entre las piernas. Vayan Uds a saber… Igual lo descubren. Tippi Hedren que era una rubia—no de bote— daría  buena fe de la bilis de D. Alfredo. Yo, con el permiso de todos Uds. Me tomaré una Heineken a la salud de sus interpretaciones e intentaré no pensar en verde.








 Dedicado a mi sobrino, Mario Alonso 10/Julio/ 2013-¿?) y Doris Lessing (Octubre1919-Noviembre 2013)