Aquel Santa Claus Justiciero

diciembre 21, 2013 Jon Alonso 0 Comments










Érase una vez un lugar, donde un rey vigoroso y déspota gobernaba un pequeño reino en las tierras altas del lejano Oriente. Tal era su poder que le rendían pleitesía un millón de pecheros. Rodeado de tesoros inimaginables e inenarrables, pues son imposibles de contar la cantidad de monedas de oro, plata, piedras preciosas, efebos, nubios y jóvenes hembras que acaparaban tan suculento botín. Aquel sátrapa era más rico cuanto mayor número de esclavos y súbitos poseía. Alguien dio un aviso al tirano, que un Papa Noel estaba borracho en el bar de Baltasar. Un joven negro, que todo el mundo respetaba. Su garito era el único lugar no violado por el terrorífico dictador. El joven Baltasar estaba tullido. Algo que le producía grima al célebre rey, pues pensaba que la cojera era presagio de mala suerte. Aquel bar era su mísera y desamparada morada donde ejercía tanto poder como su Señor sobre el resto de sus conciudadanos. A Baltasar le  importaba un colín todo lo que pasaba a su alrededor. La vida la había dejado en un estado de indiferencia permanente, pura ingravidez física. Mientras el Papa Noel le espetaba.—Creo que no serás tan necio de negarme otro trago, ¡por  favor! A  lo que Baltasar, le volvió a servir una nueva copa de 100 Pipers. Mientras en palacio, el rey se rascaba en los sitios más recónditos de su anatomía. Desesperado llamó al jefe de sus criados— ¡A ver, qué pinta tiene ese Papa Noel!—Bueno, para serle franco Señor. Su aspecto es algo cicatero, abatido y con el atuendo hecho jarrones.—Traédmelo. El servil consejero junto a dos soldados se presentaron en el bar de Baltasar. La sorpresa fue que cuando entraron en el local. El Papa Noel estaba vomitando en el suelo de la barra. No tenía la saca con los regalos de Navidad. Ni nada de nada.


















El bajo criado le chilló.—Vamos, Papa Noel, arriba... Mi Sr. Te requiere.—Tu qué… ¡Qué le den por el saco a tu rey y el resto de la corte, pringaos! Tirado en  el suelo. Repetía una y otra vez que quería otra copa. Baltasar, volvió la cabeza con gravedad hacia otro lado. El criado y los soldados comenzaban a desesperarse ante la atónita situación. De repente, el Papa Noel se enderezó hasta empinarse sobre la punta de los pies, pero luego, pensándolo mejor, resolvió no darse por aludido. Mientras un par de  gruesas gotas de sudor caían por debajo de su gorro, aparentó mirar a los soldados, como si no reparara en la existencia del lugar y espacio donde había aterrizado.—Qué mierda pasa, dónde hostias estoy…—¡Eh, oye, tú negrito! Ponme otra copa. Y diles a estos idiotas que me dejen en paz. Baltasar estaba de pie—un poco pálido— recostado contra la barra interior de las bebidas. Observando con desidia.—Tener mucho cuidado con ese Papa Noel, vienen de un reino donde sus  dioses son muy poderosos. El criado y la guardia escucharon estupefactos.—¿Ahora, hablas y defiendes a este borracho?—Sólo os advierto de una posible arrebato de sus dioses en el palacio del rey. —A ti qué más te da, tullido. Si eres un apestado en tu cantina.—Sólo digo lo que sé.—Cállate y ayúdanos a levantar a este elemento. Finalmente, tras un pequeño zarandero se llevaron al ebrio Papa Noel a Palacio. No sin antes lanzar varias peroratas. —No tenéis ni puta idea de  a quién estáis maltratando… Soy el mensajero real del reino de los dioses de la bondad, que llevan los regalos de Navidad a todos los niños del mundo. ¡Os vais a cagar por la pata abajo!—Seguía con la cantinela hasta que llegaron a la fortificación.  Cuando fue presentado ante el dictador. Éste, se le lanzó a degüello.¡No te da vergüenza, maldito necio verte en este estado!—¡Jódase, vuecencia—Cómo te atreves!— Que le den.


















Mis dioses están a punto de acabar con Ud. — ¡Tonterías!—Bajadlo a los calabozos…En aquel instante, cogido de ambos brazos por dos forzudos soldados se escuchó un ruido que sonaba a cólera y tronío de los Dioses. El Papa Noel borrachín se partía de la risa encima de la patena del trono. Mientras el tirano, se inquietaba y los soldados titubeaban con los brazos del mensajero de Santa Claus. De repente, las columnas de palacio echaron a temblar y comenzó la caída de cascotes. El déspota no dejaba de observar su tesoro y  se sentía enconado —furiosamente— sobre las ruinas. Observaba como las piedras se habían convertido en proyectiles, que  rompían los caños de la fuente que iluminaba el cetro. Cada nueva explosión era más espectacular. Y enormes pedruscos planeaban, a la vez que caían entre tupidas nubes de humo negro y tamo. El espectáculo era dantesco: muebles destrozados por la explosión, los cabezales despanzurrados. Papa Noel (se tronchaba) —Ja,ja,jahaha! El techo cayó por completo y un gran hueco dejaba ver una luna llena hermosa. Apareciendo un trineo con seis renos reales, posándose en el suelo de Palacio. Santa Claus, se levantó como pudo. Andando de un lado a otro—eructando. Se subió al trineo y sentenció: —¡Lo  ves payaso, quién coño eres tú para arruinar la Navidad a los más inocentes del mundo y no dejar tomarse un whisky como Dios manda. Venga idiotas levantaos es tiempo de paz! Luego, recoged lo que es vuestro y acabar con el sátrapa. —Es Navidad, amigos. Solo la magia nos hará libres. Ahora mismo este reino está liberado. Aquel Papa Noel salió por arte de puro deleite con su trineo como si se tratara de una nave espacial. Los habitantes de Palacio se dirigieron hacia el artero déspota y fueron de uno a uno apuñalándolo. Nunca más se supo del enigmático Santa Claus y los niños de aquel reino disfrutaron de una Nochebuena llena de alegría.



                                                                                                      FIN









 Fotogramas adjuntados

 Bad Santa (2005)  by Terry Zwigoff
 Reindeer Games (2000) by John Frankenheimer
 The Sopranos (1999) by David Chase 









Dedicado a Andrés y Salomé mother que están pasando un momento delicado. Así como a toda la gente que sigue siendo fiel a este lugar. Feliz Navidad y que 2014 os traiga sueños hechos realidad...












                              

Algunos hombres buenos

diciembre 08, 2013 Jon Alonso 0 Comments








No ando suelto de mielitas por debajo del parietal, así como de presteza en los isquiotibiales. Pero algún profeta barruntó aquello de la libertad acaba con la esclavitud y  por ende, el sometimiento de todo humano. La dispersión del capital empuja  a nuevas maniobras  mentales. Muchas de ellas, no son gozo de todo el arrabal. Entonces, tenemos un problema más feo que el de Houston sin mamarlo ni beberlo. Y es que, todavía quedan algunos hombres buenos en la tierra. Hombres que se visten de dignidad todos los días en sus trabajos, familias, amigos y eso que amamos: la vida. Luchadores de esa utopía, llamada libertad. A la búsqueda de un pequeño haz de luz que ilumine su camino. Enemigos acérrimos de los inmovilistas planteamientos, que siempre han macerado ese caldo de cultivo rancio y enmohecido del totalitarismo. La verdad que pocos hubieran apostado on line, por un mediocre austriaco con alma de artista frustrado,  nos creara la mayor de las miserias del ser humano; el nazismo. Algunos, no saben o no quieren nombrarlo. También están los que hacen como si la música con fuera con ellos. No está de menos recordar que la generosidad, la solidaridad, el esfuerzo y la tolerancia nos son malas recetas contra el horror de un cerebro humano capaz de diseñar el mayor de los genocidios de la historia del siglo XX; la limpieza étnica de las ideas y la supremacía de las gentilezas raciales.
















La cosa es que pensaran Uds; me he reblandecido o estoy acercándome a esa pecaminosa edad donde un hombre pintado en canas y la cara arrugada, se emociona viendo a unos chavales jugar un partido de fútbol en su antiguo colegio de la E.G.B. La gente que me conoce sabe de mi auténtico ADN. Uno, que ha sido camiseta de franela todos los inviernos se llama; juego limpio, sensatez, sensibilidad y  honestidad. Lo dicho, parece que el diablo se haya aposentado en mi alma y el que escribe es alter ego. Empero, a los hombres buenos también les gusta bailar y dejarse llevar por las más guapas del ferial. No por ello, ningún seguro de vida le cubrirá a un mandado, que te salves de una serenata intestinal y su pertinaz subidón de hematíes a los carrillos. En lo más hondo de tu corazón, quizás te quede el grito a los cuatro vientos de “tierra trágame”. Claro, que muchos de nosotros no nacimos con los zapatos de Astaire ni las zapatillas de mi tocaya, Alonso. Aunque a Duke le encantase el rock de la cárcel y tu partenaire te pidiera— insistentemente— un twist como el de Travolta y Thurman en Pulp Fiction. No soy de esos que la dejaría tirada con una copa de Cava, en vez de un digestivo y exquisito Champagne que consume algún independentista con tripa de gangster postmoderno. Por ello, es tiempo de tener la oreja expectante y un mechero a mano para ser convincente a la hora de prender el cohibas de Guevara.
















Ahora, me vienen a la cabeza muchas frases que nos ha dejado para la posteridad el gran Alvite. ¿Qué hubiera sido de mi vida, sin  su existencia? ¡A ver, qué me jode muchísimo lo mal que lo está pasando y le queda guerra para rato! Lo que tengo, muy claro, es que la piel de toro sería un lugar más aburrido. Y fíjense podría decir un montón de chorradas al respecto. Pues, en este blog se habla de todo y cada día está más cerca del precipicio desastre, que de la etiqueta cine. Aunque, el cine sea como el inglés de Martínez Soria, es decir, el decodificador lingüístico que vertebra todo este discurso para llegar a Uds. La magia del cine es imagen y palabra. A veces, bullicio, silencio y motores de todos los colores. De la naturalidad de esos tipos que no son sex- symbols ni grandes mecenas de la metrosexualidad. La rutina de hablar sobre lo que ponen los acentos, los murmullos y hasta las miradas en el patio de butacas. Aquellos tipos que enamoran con un gesto, una sílaba o un escorzo de tramoyistas. Puede que no muy cultos, aunque repletos de recatos, amantes del devenir diario del hermoso canto de un ruiseñor, de un fregadero sin Mistol, de un prado que huele a hierba recién cortada, o de un bate de beisbol.














Porque la fe en los escrúpulos, es mil veces más fuerte que toda la mezquindad del silencio de los extraños. Luego no se olviden de que existen algunos hombres buenos. Puede que  irrisorios, exhaustos de tanta ingratitud vecinal que esquivan el voltaje del oropel. No sería la primera vez que se van cabizbajos, en el crepúsculo de la bagatela  de una jornada huera y acaben llorando en el callejón del garaje de Paco el mecánico del barrio cuando los viejos Citroën no lo tapan. Existen algunos hombres que rebosan sinceridad, suelen mirar a los ojos, fijamente, y en esa obstinación cómplice de la contemplación saben si mañana lloverá o si dejarán la pelliza colgada del gastado perchero. Los hombres buenos suelen visitar esta morada y es un honor recibirlos mirándoles a los ojos y con la mano extendida, buscando un apretón de ley. Quizás, en ese instante solemos esbozar una sonrisa sutil y refinada, pues nada se oculta en nuestros destinos. Sabemos de sobra que nos volveremos a encontrar en el reino de los hombres buenos.









            Dedicado a Roy B, al maestro JL Alvite y Nelson Mandela (DEP) Julio 1918-Diciembre 2013










 Fotogramas adjuntos


 To Kill a Mockingbird by Robert Mulligan (1962)
 The Quiet Man by John Ford (1952)
 The Man Who Shot Liberty by John Ford Valance (1962)
 A Few Good Men  by Rob  Reiner (1992)







                 

Triángulo transoceánico; Nelson&Simone&Sartre

noviembre 28, 2013 Jon Alonso 0 Comments









“Un lugar propio para vivir, con una mujer de la mías y tal vez un hijo propio… No hay nada extraordinario acerca de querer esas cosas....” Tal vez ése era el sueño de este genio de origen judío con sangre nórdica. Orgulloso de su barrio, el crochet de izquierda, una buena timba y cómo no su jactanciosa y maravillosa entrepierna. La penúltima lo catapultó a la gloria como escritor y la última, enamoró a una mujer de las intocables. Éste, fue el epitafio final a la crónica de amor entre Algren y Simone de Beauvoir. Una historia forzada desde el principio, es decir, la historia estaba en fase vudú. Resumiendo: “Condenada a llegar a su fin, y pronto”. La morriña era dura y en el fondo tampoco quería que agonizara. Ambos se habían aplastado y sexualmente reventado de amor, gozo y espasmo. En aquel viaje a EE.UU de 1947. La tragedia de una Ariadna que se encoñó como una burra de Teseo. Empero, se decantaron por  los jornales laborales y el terruño.

















Nelson Algren conocedor de sus probabilidades sabía que el éxito popular de "El hombre del brazo de oro", era cosa de días.  Hizo una vida mejor de comerciante del humus de los bajos fondos que como filósofo. A pesar de los piropos de los existencialistas europeos. Él, escribía con el alma de los que pisan la calle: rudeza y sufrimiento. Un comunista extraño que también se calentó con los de la hoz y el martillo, cuando se sintió toqueteado en el escroto. Eso para mi amada Simone de Beauvoir. Si alguien me ha de tocar los cojones, que lo haga ella con esas manos suaves, precisas y sabias. Aquella una chica de provincias de clase media, contra todo pronóstico, se imponía como loba femenina a la  opresión masculina de la izquierda intelectual, sobre la que el maestro Sartre reinó después de la liberación de París.















Y es que Simone llegó a afirmar; Yo no podría vivir sólo para la felicidad y el amor, no pude renunciar a mi escritura... En el único lugar donde mi escritura y el trabajo puede tener un significado", de Beauvoir se declaró en defensa de París. Al otro lado del charco, Algren replicó; "Mi trabajo, es escribir sobre Chicago y sólo puedo hacerlo aquí. "De Beauvoir y Algren sufrían el uno por el otro ante la ausencia física. NA—"Por favor, Simone. No me dejes ahora. Vámonos  a donde tú quieras pero juntos, cielo. Yo soy un alma en vilo. Vivo por tu amor. No tengo mucho, he estado en la cárcel rodeado de tarquín por todos mis costados. Soy como Chejov, un trovador de los perdedores; el mirador del vecindario y el murciélago que oye  a los borrachos y los yonkis de South Side. No soy hombre de contingencias, me acerco más a Spillane que a Camus. Te amo como un hombre de Iowa a su mujer. Te quiero Simone, la piedra está sobre tu tejado. Qué le den a eso de la fenomenología, muñeca. Pero no soy segundo plato de ningún erudito, aunque mida 1,55 y tenga un ojo a la virulé. Soy más guapo, que no inteligente. Simone, follo como los ángeles.
















SB— Mí querido amor: ya lo sé, corazón. Debería haberte explicado mucho antes como es mi relación con JPS. Es un amor más fraternal que marital. Tal como tú lo concibes. Sexualmente, es una nulidad, poca cosa. Según él; los coitos no lo son todo. Ni la tramoya del ejercicio sexual. En cambio, es cálido. Sí, lo es. Aunque sea lejos de la cama. Con el tiempo el intercambio sexual lo hemos terminado viendo como una torpeza. Hará como 10 años que no nos acostamos juntos. Ya sé que podría renunciar a un montón de cosas. Pero la Simone que soy, no sería la misma. Renunciar a Sartre sería un acto vil, impío, muy aprovechado. Te lo hago saber de cara a cualquier decisión en el futuro. Que sepas, Nelson que no es por falta de amor que me quede contigo. ¿Sabes una cosa? No es que te eche en falta demasiado, pero sí te echo en falta.

















NA—Sabes una cosa, Simone. Qué te den a ti y tu eunuco de Jean Paul. Menos mal que nos soportabas la idea de no volvernos a ver jamás y que algún día aterrizara con el helicóptero de Eisenhower en tu amadísimo Paris. Guarda bien el whisky que a lo mejor se hace añejo con el tiempo, y así; no se agria para el viejo. No te preocupes que algún día igual escribo, no un libro. Quién sabe, si no me sale la vena poética. Y recuerda que el anillo azteca no guarda ninguna promesa. ¡Ah, y que sepas que una buena escritora debe tener material suficiente para sus libros sin necesidad de andar escarbando en su jardín como una alcahueta de tres al cuarto. Qué te vaya bonito Simone!

















En el fondo de toda esta historia, como en todo triángulo equilátero siempre hay tres lados iguales y uno de ellos, aunque no se aprecie chirria; suele ocuparlo algún introvertido, con espíritu outsider. En nuestro lugar,  Nelson Algren. Un escritor que marcó estilo en EE.UU, pero muy lejos del acervo intelectual de Beavoir y Sartre. Se podría decir que había dos Simones y dos Sartres. Una versión más cercana a la mirada publica, esa imagen que ellos mismo quisieron ofrecer. Básicamente, SB era una memorialista ofuscada con sus experiencias íntimas. Aquella que intento sustentar su personalidad y por ende, la de Sartre como el mayor logro literario e histórico. ¿Hubo amor con Algren? Fue la narración de un gran ejercicio de narcicismo traducida, en excelso hito intelectual. Lo dicho, el amor intelectual es muy complejo. Lo dice uno que es de barrio bajo y tiene corazón de gangster. Siempre nos quedará aquello de; “fue el polvo del siglo, Nick” (Sharon Stone en Instinto Básico a Michael Douglas).









                                 Dedicado a Enrique Cerdán Tato, DEP (julio 1930-Noviembre 2013)









Bibliografía consultada y recomendada

Tête-a-Tête: Simone de Beauvoir and Jean-Paul Sartre by Hazel Rowley (2005) Ed. Harper 
Cartas a Nelson Algren; Un amor Transatlántico pour Simone de Beauvoir (1947-1964) 1999 Ed. Lumen
Basic Instinct. A Novel. Based On The Motion Picture By Joe Eszterhas (1992) Ed:Signet; Film&TV









  
                                      

Las Hermanas de Havilland y el color verde Heineken

noviembre 18, 2013 Jon Alonso 0 Comments








¿Quién no ha escuchado la manida frase?, “Se puso verde de envidia”. Honestamente, no sé el porqué de esta atribución a semejante pecado. Descartes fue quien apreció tan pustulosa imperfección, a modo forense C.S.I. Concluyó: “la envidia arroja la bilis amarilla, que proviene de la parte inferior del hígado, y la negra, que sale del bazo y se esparce en el corazón por medio de las arterias". Empero, como en el bazo no se forma ninguna clase de bilis —en su discurso— del célebre galo. No merece la pena anhelar su física. Lo que es obvio, es que la maldita envida ha traído largos quebraderos de cabeza a gentes notables y por ende, a la mediocre plebe. Pecado de tez sibilina y espinosa detección. Se habrán dado cuenta, lo raro que es escuchar a alguien confesar que tiene envidia. Eso sí, los medios de comunicación han aceptado de muy bien ver lo de “envidiable”. Sea del pelaje o color que sus buenas madres parieron. Después están los celos, que es el eufemismo de todo el maldito embrollo para llegar a la aurora de estos males; Abel y su hermanito Caín. El último, no pudo más y ¡plas!, lo fulminó. ¿Sabían que la divina Marilyn le cogió gato a los ojos violeta, de la Taylor por el millón de pavos que cobraría en el papel de reina de Egipto junto al Marco Antonio galés? No estuvo mal su jugada.














Menudo desnudo—histórico— nos dejó a los presentes, antes de irse a los cielos con su Chanel Nº5. Nunca se les hubiera imaginado a los publicistas de Mad Men, que la refrescante cerveza holandesa haya dado en el clavo con el “Piensa en verde”. Ahora la nueva botella de Heineken es más fluorescente e intenta alejarse de su viejo verde oliva más oscuro, por aquello del cartesiano y la buena dicha a un mundo más esperanzador. Una pena para aquellos devoradores de celos: los mecánicos de la felicidad cerebral. Pobres chicos, empecinados en vendérnoslos el ardid como una falta de autoestima y seguridad personal. Bien, la verdad que también es mala suerte, que las hermanas de Havilland no hayan resuelto sus diferencias deleitándose con una rubia verde bien espumosa. Su relación es y sigue siendo el hit parade de todos los affaires más enfermizos, del pecado venial o celos para los reticentes. La Fontaine o de Havilland —rivales hasta la extenuación— han hecho de esta  patología adelfofóbica el vademécum del  Centro Monte Sinaí. 














Olivia de Havilland y Joan Fontaine. Hijas del abogado británico, Walter de Havilland  y la actriz Lilian Auguste Ruse, que se ganó la vida con el nombre artístico de Lilian Fontaine. Si los hijos son como los melones, imagínense los progenitores. El ínclito letrado salió muy viajero y por razones profesionales la familia se instaló en el Imperio del Sol. El matrimonio ya estaba tocado y la rubeola cazó a Joan. Los médicos sugirieron un traslado a USA. La pareja no lo dudó un instante; nos separamos. Tú a los EE.UU y yo aquí con mi kimono. Lilian crio a las hermanas en excelsos colegios de la soleada California, donde dieron buena fe de la inteligencia que guardaban Olivia y Joan. Esta última, pulverizaba los test de inteligencia. Lo demás, para aquellos que rebosan grandes conocimientos de eso llamado cine y chascarrillos; lo conocerán de sobra. Sin embargo, vamos a simplificarlo; la madre animó en primera instancia a Olivia a hacer carrera en el Hollywood dorado y después, Joan que no le iba a la zaga, cambió su apellido original por el de Fontaine, recuperando el nombre artístico de su progenitora.
















Pero, su carrera no terminaba de arrancar, cuando de reojo veía que su hermana se iba para arriba como Induráin antaño en el Tourmale. Su nombre ya había hecho historia en el mítico film de Fleming y el productor D. Selznick. Las vueltas y venidas de la vida, hicieron que un día se dieran de bruces el lince productor y la ladina Joan. Bebiendo, fumando y charlando comentaron los días de casting del pelotazo “Lo que el viento se llevó” y como ella, estuvo a punto de ser Melania. Pues bien, lo tuvo claro y le asevero a D. David. “Ese papel de pava sólo lo podía hacer mi santa hermana”. La cuestión es que de la noche a la mañana estaba trabajando con el halcón Hitchcock en “Rebeca” y posteriormente en “Sospecha”. La cosa es que las dos eran buenas de cojones y  el asunto terminó en una doble nominación. La prensa del higadillo estaba expectante en el backstage de los elegidos.
















Ahí, en ese instante se cruzaron ambas hermanitas y cuando Olivia intenta felicitar a Joan, ésta levantó la barbilla pasando —olímpicamente— de la sempiterna Melania. Dicen quienes las conocen que ese odio las mantiene vivas a los 96 y 95 años: no quieren perderse el placer de enterrar una a la otra. Al final, siempre nos quedará la sospecha de que el genio  “Hicht” estaba detrás de todo este affaire y le dijo a la Fontaine. —Cuando veas a tu hermana, atenta al guion: —"Me gustaría saber tu secreto para conservarte tan vieja, Melania". ¿Quién quiere la paz con estas dagas? La empresa de pacificación puede ser tan deprimente, como en los mejores años de sus vidas para haberse tomado una rubia holandesa y dejar rencillas. Al final, todo se va a reducir a la acción de un pisapapeles mental entre las piernas. Vayan Uds a saber… Igual lo descubren. Tippi Hedren que era una rubia—no de bote— daría  buena fe de la bilis de D. Alfredo. Yo, con el permiso de todos Uds. Me tomaré una Heineken a la salud de sus interpretaciones e intentaré no pensar en verde.








 Dedicado a mi sobrino, Mario Alonso 10/Julio/ 2013-¿?) y Doris Lessing (Octubre1919-Noviembre 2013)












                                     

Alburquerque; dinero y píldoras

noviembre 08, 2013 Jon Alonso 0 Comments




Todos los otoños vuelven esos extraños dolores secos y punzantes sin aroma a nada, y que te dejan encharcado de amargura. Aquella tarde se preveía una más, en mi eterna soledad. No lo dude ni un instante y tal como me lo prescribe el comité galeno fui a por la caja de Tramadol. Tomé dos píldoras. La morfina se ha convertido en la perpetua compañera y moneda que mendiga salvedad. El efecto es rápido. A los cinco minutos todo se convierte en abulia y el latir de tu corazón se hace muy lento. Tan lento que apenas se escuchan las sístoles. Mis párpados comenzaron a cerrarse, mientras las gigantes pupilas desaparecían del gesto. Creo que me dejé caer en el sofá. No lo sé. Todo se ralentiza: mi  apetito, la sed, la libido y los sentidos… Empero, el dolor ya no lo notas: desaparece. Perdí la orientación y entré en una nebulosa de difícil comprensión. ¿Se han preguntado alguna vez si New Mexico es hermoso? Lo es y cuanto más abajo mejor. Huele a enchilada, flor de cactus y tequila. Se atisba la frontera y la casa de ese hombre que conocí una vez, Walter White. En el fondo una alma desdichada; víctima de su superioridad intelectual y ególatra que trataba de ocultar, tras el rictus facial de una máscara esterilizada en polivinilo trasparente. Nunca puse en duda su capacidad de esfuerzo y trabajo; encomiable. Me enseñó algo muy importante: el dinero. — ¡chaval, es lo único que se queda en esta vida! Seguí mi trabajo en la Universidad de New Mexico (Alburquerque), como profesor adjunto de Filología Hispánica. A White sólo me lo encontraba en el comedor y muy de vez en cuando en el parking del centro comercial del Plaza city. He escuchado si quería agua. No puedo contestarles con mesura está todo muy borroso. Sin embargo, les puedo hablar de otro hombre que conocí en Alburquerque muy conocido por sus poderosas caricias balsámicas casi inmaculadas. Un tipo de individuos que mi abuelo odiaba y solía maldecirlos: el mundo está repleto de ellos.




Esos hombrecillos, que nunca tienen ni una mala palabra ni una buena acción. Todos los días solemos tropezar con ellos; en el ascensor, en un semáforo, en una consulta médica, a la salida de un parking comercial o en la cola del supermercado. Al final llegan a cautivarte con ese estilo que muestran para  acatar las cosas con el sempiterno gesto de aceptación. No suelen preguntar, ni decir exabruptos. Apenas hablan, si no es para decirle al operario de gasolinera cuánto combustible quieren echarle al utilitario. Bien, volviendo al hombre que nos interesa. Una tarde de Octubre me di de bruces con él. Alguien me advirtió de su profesión: cirujano vascular,  pero lo echaron del colegio de médicos por un asunto muy turbio, que nunca me desveló. Únicamente, cometió un error; encontrarse conmigo e intentar epatar a la primera de cambio. No soy persona de grandes amistades, pero sí de grandes lealtades. No frecuento los levantamientos sociales, ni el sollozo constante. Siempre he pensado que la mierda se la limpia uno sólo. Hasta donde te llegue el brazo. Por eso me gusta el boxeo y el ajedrez: tienes a la gente en la distancia corta, donde se ven sus escorzos y carencias. Ahí, me gusta ver quién es quién. Mi tía siempre dijo de mí que tenía el porte de los grandes hombres afrancesados; el rasgo luminoso de la justicia y el alma triste de los trovadores en la semana santa sevillana. Nunca terminé de entender semejante estimación. Y todavía sigo en ello. Ya son años. Aquel ex cirujano y yo tuvimos la maldita ocasión de compartir trabajo en una lujosa hacienda sobre las colinas sombrías del viejo chaparral de Durango: la villa de “Los Nogales”. Era algo así, como la mansión donde habitábamos todo tipo de especímenes.




Una prole indescifrable: pintores, soldadores, carpinteros, fontaneros, gigolos, mozos de cuadra, mecánicos de automóviles y motocicletas, canteros, ferrallistas, soldados de fortuna, ex toxicómanos, enfermeros, administrativos, ingenieros informáticos y claro está bioquímicos y cocineros de nouvelle cuisine. El día había sido muy duro: insoportable. Y ahí estaba el inamovible Dr. S.O.S. Un tipo que según los mozos de cuadra, tendría como 72 años, pero que apenas aparentaba 58. Un rostro limpio, piel bruñida sin ojeras y el ceño casi plano. Juraría que el tipo se habría hecho un lifting— por la tersura de su piel—  algo menos de tres años. Muy bien trabajado. Junto a sus gafas de patilla de titanio Flex, Hugo Boos recubierta en baño de oro. Un día no me quedó más remedio que decirle a la cara, lo mal que se trabajaba en aquel sótano remendando heridas de bala de los soldados del dueño de la estancia, el  Sr. Solís-Cuevas. Estaba decidido a elevar una queja. Fue cuando pude darme cuenta de que lo que estaban viendo mis ojos. Juraría que no era de este mundo, o por lo menos la forma real humana. Un tipo pasó a toda velocidad, con un Impala chirriando ruedas que sacaban una polvareda de cojones. Ni Rommel en el Afrika korps. Lo sentí tan cerca que no sabía si acordarme de su parentela o  quería reírme de este espectro al volante en su puta cara.  Ahora él, se estaba riendo de mí. Pude observar que la cara de este julandrón se estaba desternillando, mientras trompeaba con el volante. No pensé más que en tener un Mustang y pisar el acelerador. Salir raudo y veloz de ese lugar y ni siquiera mirar por el retrovisor.




De sopetón, me vi cómo se abría la puerta del copiloto y escuché una  voz grave e inquietante: el Dr. S.O.S. ¡La hostia! —¡Sube idiota! Me subí al Impala y salimos a toda velocidad. Quién sabe si prestos a una nueva aventura. —Dame las gafas. Saqué del estuche forrado en piel de cocodrilo sus Hugo Boss. Miré por un lateral del cristal y pensé: el cielo es brillante y refulgente. El aire es traslucido  no muy diáfano; la tierra es de un color rojizo y cobrizo. Y sobre los oteros sombríos, ceñudas inundadas de romeros, tomillos y lentiscos que extienden su follaje mordaz, allende al otro lado de la frontera. Escucho—Te gusta conducir en México… No entendía muy bien lo que me decía aquel tipo de las Hugo Boos.—Mira detrás de ti. El asiento trasero estaba repleto de billetes.—¡Idiota, sólo queda el dinero y si no tienes: lo  pasarás muy mal! Ahora veía lejanamente, a mi asistenta. Parecía renegarme. Este Sr. Siempre  igual, cogiendo pildoritas de morfina y luego lleno de babas por debajo de la cama. ¡Ándale qué el gringito nos petará un día! Ya le he dicho que se tome las pastillas con el agua Sr. ¡Qué no vive en Yankeelandya— Lo pilla! Por cierto, deme 50 euros que he de bajar al Mercadona a comprar algo de comida y cachivaches de limpieza. Me quedé mirando mi cartera  inmóvil junto al vaso de agua milenaria. Un agua ciega que hace un ruido indefinible cuando la bebes, dicen que se llama Bezoya. Eso farfulla la alcahueta que me las sirve. Siempre el mismo vaso de agua y las mismas píldoras de color crema. Las mismas que un día dejé en Alburquerque entre lamentos y sollozos. 










                                                  Dedicado a Antonia Bird y Lou Reed  D.E.P






 Fotogramas adjuntos de los films:
“Border Incident” 1949 by Anthony Mann
 “Breaking Bad” (2008) TV Created by Vince Gilligan
“Shallow Grave” (1994) by Danny Boyle
“Get the Gringo” (2012) by Adrian Grunberg







            

El Western Noir por tres femmes fatales

octubre 29, 2013 Jon Alonso 0 Comments








Ando muy intrigado tras leer noticias tristes y descorazonadoras. Últimamente, he vuelto a la acromía que tanto me persiguió al inicio de esta singladura por las tierras webesféricas. Todo es efímero y nada se quedará escrito en el viento, aunque algunos se empecinen en semejante esfuerzo baldío. Allá cada uno con su corral. El western es color, brío, majestuosidad del paisaje; y el puto amo: John Ford. ¡Por favor, hay alguien que se atreva a reclamarle el trono! No lo hay. No sonrían, que a lo mejor se llevan la gran sorpresa de sus vidas. ¡Sí, Sí y Sí! Haberlos los hay. Todo es factible en esta vida. Western de indios, yankees, confederados, vaqueros, esclavos negros, exploradores, caravanas más allende de Colorado, buscadores de oro, ferrocarril, asaltos a bancos y en el fondo un montón de tragedias que desembocan en mi lecho; la cultura del crimen. La magia de los escritores del colectivo “a cuatro perras”, ésos que no suelen darse el paseíllo por los escenarios nobles vestidos como un pingüino torpe y empapado de colonia barata gracias a la perfumería del Corte Inglés. Sin embargo, han hecho del séptimo arte un negocio adictivo y lucrativo.
















Historias cotidianas y cercanas que caben en un bolsillo. Folklore americano por menos de un dólar crearon el humus perfecto donde la ormeta de View Montain, no tiene nada que hacer ante la imaginación de cualquier chaval; adolescente, maduro o anciano-a que se ha aventurado a leer esas páginas. Gracias a la impronta de Grey, Gruber, Howard, Harman, Leonard, O´Neill, Price, Slesinger, Short y otros muchos (en calidad de negros). Muy buena gente. Luego, estaban los mitos y leyendas que se forjaron, en torno a ese espacio salvaje como Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Billy el Niño, Wyatt Earp, y el largo etcétera de grandullones con bigotes y perillones. No voy hablar sobre directores, ni maneras de rodar, comprensión de la narrativa, el guion de fulano o mengano o si la prosa está envuelta de lírica pseudogafapasta o tatuada en moños sucios del reino de Libia. No me interesan las tertulias de cuatro copas, en una mesa camilla licuando Cardenal Mendoza, trufada de aromas a tabaco de pipa y naftalina candidata —ex profeso biológico—a una residencia de ancianos.


















En ello, ya no entra en la praxis del IQB. Aquellas críticas excelsas y pulcras se han quedado atrás. De todo eso, estoy cansado de ver y leer blogs que han saturado un espacio, donde ya no se sabe quiénes son los Jesse James auténticos; si los héroes de novela o esos individuos de felpa y dedo calloso mancillando el ratón, mientras saquean el ciberespacio de críticas, estudios, doctorados en cinematografía y archivos fotográficos. ¡Qué más da, la gente tiene su minuto de gloria en ese chamizo de la impronta, “de yo escribí algo en algún lugar”! Cuánto echo de menos, los primeros esbozos —con navaja manchega— haciendo un corazón romboide: “Toni quiere a Rosa 1983”. Qué tierno. Bueno, no quiero ser muy cruel, también hay algo de épica en todo ese saqueo cibernético. Al igual que malhechores y un sinfín de estereotipos que los canales estatales nos muestran entre cineastas subvencionados atracando el erario público, sin ningún remordimiento.



















Las fotografías que nos colocan la pareja de genios de Google, en el fondo es un expolio a los fondos de los estudios de Hollywood. No se preocupen, mientras no desvalijen el cultísimo y hegemónico cine español. Tranquilos, la sangre no llegará al río. Entre 1940 a 1960. Los directores de cine  han hecho fantásticos Noirs; muy oscuros de  tonos saturados y pétreos,  narraciones ágiles (me refiero, que no hace falta irse a los cuadernillos del Cinéma francés para entenderlos) y sobre todo con ese estilo visual ejemplar. Estos son  westerns puramente oscuros, que vinieron mucho antes de que los llamados westerns revisionistas. Sin embargo, en estos tres filmes tenemos los elementos del cine negro. En primer lugar, el antihéroe y su lúgubre final.




















Estos vaqueros o románticos enamorados no tienen la épica del gran Duke y sus andares de centauro saliendo de plano. En segundo lugar, la aparición de una mujer hermosa de pensamientos retorcidos, provocadores y con maneras despóticas: La femme fatale con sombrero a lo Randolph Scott. Y tres, la cercanía de sus protagonistas con el auténtico cine urbano o contemporáneo. Utilización de recursos estéticos y composiciones en el guion que son ídem del clasicismo Noir por excelencia. Es la fagocitación de un género a otro por antonomasia. Operadores de cámara que vienen de ese territorio. El viaje sería muy largo desde el incidente en The Ox-bow incident (Incidente en Ox-bow) (1943, una excelente cosecha), de W.A. Wellman hasta “no es país para viejos” (2007) de los Coen.

















Hay una excelente bibliografía con las que suelo trabajar y recomiendo a todos-as los lectores. Suplicaría encarecidamente, este hábito a  todos-as aquellos-as que quieren hablar de un film y le dedican páginas como papel de fumar a una bola de hachís. No sé cómo andará el aprendizaje en las universidades del S.XXI, pero en las del mío era el pan de cada día aprender a reseñar artículos de estudio y análisis. Lo digo, como hombre de Noir por lo de las sospechas. No les voy a dar ahora clases de periodismo ni documentación. Soy muy viejo. Bien, vayamos con  el primer film “The Outlaw” (1943) “El forajido”. De la mano, de ese bendito que es Jules Furthman, periodista antes que cocinero del guion y dijo: vamos a hablar de la novia mestiza de Billy el Niño (Jack Buetel), cuando éste iba con  Doc Holliday (Walter Huston)  de movidas. El sheriff Pat Garret al quite (Thomas Mitchell). Ahora sabrán cómo se las gasta mi chica, Río (Jane Russell). La cuestión es que ella tiene el título honorifico de la primera femme fatale en el western. Bajo mi punto de vista, Jane Russell es una mujer carnal, hermosa y de apariencia dulce. Donde la ambigüedad sexual y los diálogos burlescos la hacen merecedora de mi admiración.














Su director el outsider y excéntrico millonario, Howard Hughes, personaje llevado a la pantalla por Martin Scorsese  e interpretado por LdC. El film está fotografiado por el insigne Gregg Tolland. Uno de los mejores western Noir puros de toda la historia. El segundo gran film de IBP, como Noir de culto es la maravillosa “Ramrod”. Aquí conocida como “La mujer de fuego”(1947), de mi adorado André de Toth con una pareja clásica del Hollywood dorado; Joel McCrea y la fantástica Veronica Lake. Partiendo de un guion que se adapta—de unos de los aludidos al principio— el genial, Luke Short. Tenemos un lugar del lejano oeste. Una vieja trifulca entre vaqueros y  ganaderos de ovejas. El chico ovejero, Dave Nash (Joel McCrea) está enamorado de la hija del ranchero, Connie Dickason (Veronica Lake) que no lo puede ver en pintura. Y el pater familias ranchero (Charles Ruggles) en medio. Fílmicamente, estamos ante una obra de arte dentro del género. El trabajo del operador de cámara, Russel Harlan es cristalino, cuasi, pluscuamperfecto. La pareja tiene química, a pesar de los pesares. El esfuerzo de ambos es obvio.

















Un film que explora los campos de la introspección humana desde una perspectiva muy evolutiva; la ambición, la frustración, y la manipulación. Algo muy nuevo en un género (redundo en el término), que en esa época la praxis del mensaje era muy conservador y excesivamente mistificador. El componente sexual de la mano de la sugestiva femme fatale Lake se pone de manifiesto en un género que no marca distancias tan severas de lo que aparenta con el urbano y contemporáneo Noir. Bien por último, la joya de la corona “40 Guns” 1957  fotografiado por otro artesano del Noir, Josep F. Biroc; una obra en todos los sentidos del genial Fuller. Su historia-guion y después, una Barbara Stanwyck  pletórica en un papel de déspota terrateniente, Jessica Durmmond, que gobierna un pequeño condado de Arizona, con su banda de secuaces (muchos de ellos, sus hermanos). De repente, se las tendrá que ver con un buen tipo ex pistolero, que acaban por nombrarlo sheriff,  Griff Bonnell (Barry Sullivan).






















El tratamiento de las relaciones de poder entre los géneros masculino y femenino. El culmen de la interpretación de la mano de una pérfida femme fatale, que no deja ni un respiro desde su indumentaria a los gestos: Stanwyck dominatrix. Pulsiones y esa tensión sexual no resuelta rezuman: temor, inquietud, sorpresa e ironía en film Noir, auténtico. Gracias al magnífico trabajo del operador de cámara JFB que borda un cinemascope muy puro del blanco y negro. Innovador, adelantado y visionario trabajo de un director irrepetible, Sam Fuller. Así concibo yo, lo que conocemos como: el Western Noir. ¿Ven cómo la vida y la actitud del individuo es la seducción del crimen? Aquí, pecamos de sinceridad. Si no como decía aquel tipo del detergente; busquen y si encuentran algo mejor cómprelo. G.Night&G.Luck.




                                           



                                                      Dedicado a Lou Reed 1942-2013







Biografía consultada y recomendada

Film Noir: An Encyclopedic Reference to the American Style 1995 by Alain Silver and Elizabeth Ward. Ed. Overlook
The Long Ride Back & Other Western Storie 2013 by Ed Gorman Ed.CreateSpace Independent
Mystery Magazine (1997) entrevista a Loren Estleman
On Dangerous Ground: Stories of Western Noir by Ed Gorman&others 2013 Ed. Cemetery Dance