“Tritones a contracorriente, Michael Phelps y Burt Lancaster”

agosto 11, 2012 Jon Alonso 17 Comments










El dios del mar Tritón era hijo de Poseidón, el regidor divino de los mares, y de Anfítrite. Se le representaba habitualmente como una sirena masculina, una criatura con la parte superior del cuerpo de un hombre sobre una o incluso dos largas colas de pez.  Michael Phepls era el hijo de un policía estatal—mal negocio —en Baltimore, las tierras del dealer mayor, Avon Barksdale. Donde los polis caen panza arriba de cansancio entre Jameson y vigilancias sempiternas. El pequeño Phelps no era un joven agraciado, además, de tener algunos problemas disociativos. Desde los 15 años que entró en una piscina, sólo ha sabido ganar y sufrir contra sus fobias e incapacidades a base de largos en las mayores pozas de cloro del Estado de Maryland. Hace unos días, en Londres anunciaba su retirada con los mayores honores que puede recibir un dios del Olimpo: el mejor atleta de todos los tiempos, 22 medallas. Posiblemente, ahora como su antepasado Tritón ejerza ante la vida con más entereza, cambiando el tridente por las medallas: “Aceptad este regalo gentes de Baltimore, yo seré vuestro guía mares allende”... Los 195 centímetros de estatura tendrán que enfrentarse con los sinsabores de una vida que se nos atisba, igual de dura a la que planteó John Cheever en su pequeña obra maestra de la literatura: ”El nadador”, que fue llevada a la gran pantalla por Frank Perry en 1968. Burt Lancaster da vida al protagonista, (Ned Merrill). Un joven  de buena familia, gran nadador, la antítesis del pobre Phelps. Cuando, todo lo hipotéticamente maravilloso está delante de ti, no alcanzas a ver la auténtica miseria de la autocomplacencia: el seductor  reclamo de una Norteamérica (nuestra utopía occidental)  rebosante de urbanizaciones idílicas, inocentes e ingenuas familias donde todo es perfecto. Y tras los barrotes de oro y cloro de 1500 euros el barril, aparece otro tritón; Burt Lancaster—menudos 53 tacos— para recorrer de piscina en piscina al final de una escapada al Peloponeso sin vuelta atrás. Se rezuma  la soledad de inconmensurables llanuras de pavor, las mismas,  que  narraba Capote en la tranquila Kansas del horror.









                    






Esa  búsqueda iniciática del Cossino de Calvino al encuentro de su amada Violeta, ahora, iracunda y mayor; no encuentra acomodo. Es el epitafio de la descomunal  “American Beauty” de los 60— fiel reflejo— de la amargura y la desilusión de una sociedad americana, que se transforma en alegoría de lo mundano;  el desencanto de una vida pasada y la amistad perdida. Perdidos,  sin rumbo en un shock permanente por los acontecimientos de la nueva "American Beauty" (1999) de Sam Mendes y la llegada del 11-S. Al igual que la piel de toro: las piscinas andan cortas de agua por orden gubernativa. Y es que la vida como la muerte es un desengaño a 24 fotogramas por segundo que decía Godard (no somos muy amigos, pero nos respetamos),  palabra de honor—de un mortal, clínicamente, muerto dos veces— que no hay nada más allá. Ni travellings Malicknianos ni poesía Bergmaniana. Ni siquiera, el carrusel de toda mi vida. Sólo un fundido de blanco a color de luxe poderoso reconvertido en perlas de marfil “close-up” de la jefa anestesista en una UCI, diciéndote: qué ojos tan hermosos tienes, cómo estás campeón… No hables, estás aquí. Me duele decepcionar al colectivo gótico y los teenagers de “Crepúsculo”, pero la vida es así. Autoengaño y estafas virtuales. El genio Cheever, en mi boca dixit; las cenizas de mis padres siguen en el  búcaro hindú que compramos en el Corte inglés, sí. ¿Será verdad, qué Phelps pueda animar a los pequeños babys de color del córner a mover brazos y piernas en la piscina municipal?

















O mejor, aún. ¿Tendrá que luchar contra el sistema igual que Tritón se enfrentó a Hércules y Dionisio? No lo sé. Sí que les puedo decir que Burt Lancaster fue una persona muy celosa de su intimidad. Estuvo casado en tres ocasiones, su primer matrimonio fue con June Ernst, su segundo matrimonio con Norma Anderson quien le dio cinco hijos—algunos del lobby, siguen cuestionando su capacidad interpretativa y sus orientaciones—, pues en el fondo Burt fue una persona leal, un amigo de verdad de sus amigos: hecho a sí mismo. Por cierto, ¿es tan grave, lo de la orientación? Claro, la gente tiene que comer y ganarse la vida medrando en la del vecino. No les da risa todos los que se apuntan al mandamiento del “vive y deja vivir”… Se cunde, con el ejemplo. Pero, en fin Pilarín: ya lo decía Hilario Pino (qué inteligencia la de aquel guiñol)... Lean las memorias originales en V.O. de  K. Douglas, L. Visconti o  K. Hepburn, y sus grandes amores (C. Cardinale, Y. de Carlo, A. Hepburn J. Jones D. Kerr A. Gadner, G. Lollobrigida, V.  Mayo o B. Stanwyck)  Lancaster tuvo fama de mujeriego (yo también, lo siento es la genética) lo que desencadenó el divorcio con N. Anderson en 1969. Se casó con su tercera esposa, Susan Martin en 1991 ya en el ocaso de su vida y lo acompañó hasta su muerte. Sus últimos días fueron un infierno tras el ataque de apoplejía que lo dejó mudo. A posteriori, una cirugía de tórax abierto (duelen), más un ictus de regalo lo deportó a una silla de ruedas. Esos años fueron el infierno de aquel tritón convertido en un adonis de 185 centímetros para fallecer en 1994. En el fondo Cheever nos estaba alertando de que Baltimore es el estado de bienestar y la vida cada día está más cercana a la Atlantic City de L. Malle (1980). No hay nada como nadar a contracorriente, sólo tú y el agua. No hay ruido, únicamente, el silencio de tus brazadas. De vez en cuando conversas con Poseidón en la inmersión. Phelps, comentó a un periodista: tengo ganas de divertirme un poco, viajar e ir tranquilamente a esos sitios tan bonitos, donde solo he conocido  piscinas y hoteles en régimen deportivo. Quién sabe... Igual le hace caso a Serrat y aparece por  Badalona, y, conoce a la Mirella. Soñar es gratis y los finales bonitos gustan al personal.











                            Dedicado a la sirena más hermosa de España, Mireia Belmonte















                 

“La canícula de Linda Fiorentino y Baby Jane”

agosto 06, 2012 Jon Alonso 14 Comments









He vuelto del estío y siento que el aire se hace azufre en la ciudad, que las palomas van escocidas de calores e indigestiones por la gula del pico en cucurucho de guiri. Lo primero que me ha venido a la cabeza fue la  carrera de Robert Aldrich, pero las estanterías han sido saqueadas por el ingenio divino de Ionesco en forma de sagaces cacos butroneros— eso dicen los detectives— antiguos miembros de la Securitate Ceaucescu. No la encuentro. Sigue la congoja, mientras rebusco en el caos. Me doy de bruces con “la última seducción” (1994), entre  carcasas de vinilo desperdigadas por los suelos. Sí, aquel film dirigido por John Dalh (“La muerte golpea 2 veces” 1989 y “Rock Red West” 1992), no confundir con el actor Noir, John Dall (otro ingenuo, en manos de Peggy Cummins). Pensé, se nos ha aparecido el espíritu de John Farrow, pues Coppola está presenil y James Gray no termina de creérselo. Dicen los entendidos— entre los que se empeñan en meter a uno— (no tengo la menor de las intenciones) a oficiante agorero, que es el último Noir y los socráticos el primer NeoNoir cartesiano. Me la suda. Sólo, me acuerdo de aquella criatura de pelo lacio y mirada bizarra con un cigarrillo sostenido en la comisura de los labios. Pose aristocrática a la sazón de la vieja escuela. Los de  buena memoria sabrán que era oficio de “Bogie”, pues, los morros del halcón desprendían pegamento Imedio con el papelillo. 








         
                                     






La reviso y me encuentro con una actriz carnal, enjuta y andrógina que sabe moverse delante de los tíos. Lo de tíos—lo digo—ya que el B. Pullman y aquel risueño, Peter Berg son en panavisión and color by de luxe ¿Me ha desaparecido la acromía? Tendré que hablar con el oculista de nuevo. La criatura sabe hacerlo como lo hacía la Stanwyck y la Tierney: jefas absolutas de este negocio. ¿Qué se lo digan a Fred MacMurray y Danna Andrews? Sin embargo, yo soy así como el tango argentino; no puedo quitarme de mis pensamientos la gelidez de Joan Bennet. Me llegó a dar pena un tipo tan peligroso como E. G. Robison en manos de esta mujer. La Bennet, es la que le da porte y altivez a Miss Pensilvania. Se preguntaran que si el sol de poniente me ha generado una nueva tara, puede que estén lo cierto. Las condecoraciones son los caprichos del destino transformadas en cicatrices que tanto le gustaba alardear a S. Pollack. La mías asustan a los niños de la consulta de pediatría y a los metrosexuales de mi gimnasio. Las madres no saben cómo consolar a tanto retoño, y los del comité de la gomina y el tatuaje te esquivan la mirada. Les sugiero el sonajero de Baby Jane. Sigo barruntando… Sin noticias de la Fiorentino  ni de Godot. Estoy muy preocupado. ¿Qué fue de la femme fatale de los 90? He llamado al Olimpo y dicen que pregunte en Londres. Decididamente, me voy al Partenón (la cosa está calentita por Hellas) y hablo con Zeus. Replica el sacntasanctórum que no vuelva a las andadas de la morfina como mi viejo amigo, Barney Ross y deje de buscarle las cosquillas a Tetis.Sigo estupefacto y soñando con Linda. Llamo a Sherlock Holmes, ahora no lleva lupa. Va con Blackberry y tiene wssaupp.

















Eso sí, la misma mala hostia de siempre. Este tipo, que se le dan muy bien los andares en “El Topo” 2011, —esa historia de retorcidos espías— que nos brindó el año pasado junto a Gary Oldman un nórdico vampírico. Me da el soplo: la clave es Lisistrata. No se me había ocurrido el factor Aristófanes— entre barrizales de lenguaje falaz— aquella, estratega de las orgías; ha decretado  huelga de avatares sexuales. No hay efluvio que supure  este verano y el mensaje va directo a todas las femmes. Ni siquiera el registrador de Pontevedra contaba con el efecto Lisistrata. Es más nocivo que la prima de riesgo en el parqué madrileño e incluso bailar un chotis con Merkel. Sigo peleado con la almohada en  la pegajosa siesta del reino de poniente. Cosas del extravagante bypass y la manija cerebral que me aturulla. Me viene el espíritu de Gadaffie, susurrándome a la oreja; el próximo es Al Assad y le va a doler. La paz a todas las zozobras se llama Bette Davis. Ese cadáver exánime de alborotados querubines rubios puteando a la vecina del segundo—a la postre— la puta ama del escenario, Joan Crawford. Ésta, se retuerce de dolor—no tiene el ahínco de añorada Miss Pierce— ante la ausencia de nuevas sobre Sterling Hayden. Qué bien le sentaban los ligueros, mejor que una mitra a un cardenal. Y es que cuando suena la canción de cuna, “Hush… hush Sweet Charlotte” 1964 se le va la arteriosclerosis al gran Josep Cotten y  a mi vecino del sexto. Nunca pensaron las hermanas que un chalet en la montaña de las vanidades podría darle más disgustos que el geriátrico de Conrado Soprano. Y es que el olvido mental, es un asunto serio.

















Cuando miramos hacia atrás, ya nos sabemos que es la avaricia, la envidia, la vanidad y la lujuria. Sólo recordamos  el día que descubrimos a Dante Alighieri. La decadencia puede acercarnos al Noir y transformarse en un halito de pseudodefinición por obra de un semiótico. Mientras, perdíamos el tiempo entre Tetis y la jefa sindical Lisistrata. La verdad, no estaba tan lejos que diría Wenders; se hallaba en Psique. Ni su esposo encantador que sólo la  visitaba en la oscuridad de la noche ni las tetras de Eros pudo contener la  nostalgia que nos atrapa  a todos como dice mi colega Don Draper. Esa, que le hizo pedir a su marido, que la dejase visitar a sus hermanas. Eros accedió a cambio de lo que le había hecho prometer a Psique y se encontró con la pareja de carcamales devorándose. Posiblemente, la Fiorentino se clavó una flecha de algún productor prestidigitador que la dejó en un karaoke de vedette. No lo hace mal, pero nadie le invita a bourbon y está demasiado mansa. Las dudas y los errores se quedan al lado de Céfiro, en los lagos de Pensilvania. Puede que un día sea inmortal como las hermanas Hudson: Queens of Queens, pero con las averías de la arteriosclerosis cerebral junto a gente como estos Sres: Frank Borzage, Michael Curtiz, Curtis Bernhardt, George Cukor, Jean Negulesco, Otto Preminger, Robert Aldrich, Richard Thorpe,  Nicholas Ray, etcétera y más etc. Y alguno más  que la memoria  no me deja decodificar. ¡Uf!, qué calor. Por fin, ya funciona el ascensor. Claro, es agosto.










                   Dedicado a mi bisabuela norirlandesa, que nunca nos dimos de bruces en el viejo Úlster...