Piensa, estamos muertos








En un tiempo lejano, de mi pasado, conocí a la familia Arbeloa. Menudos bichos. Vivían en una casa —planta baja— de cemento gris en la Calle Segorbe, en el barrio de la Guinea de Castellón. Yo acaba de salir, por piernas, de aquel reformatorio de la maldita consejería de bienestar social. Sí, aquel chiringuito —de la hípster televisiva— junto con el hermano pequeño, de aquella estirpe, “chinorri Virgi”. Por aquel año, la casa estaba completamente desvencijada. Y claro, cuando pasaron ocho años más; el hedor era insoportable. Aquello estaba llegando a la puerta de los infiernos. Recuerdo un día, en que la madre de Jon trajo a la maldita casa, a un tipo borracho. Las paredes enmohecidas y grasientas se adherían a la piel. El olor a restos de comida podrida, atrancada, en el fregadero. ¿Lo recuerdas? Jon. Tu madre comenzó en sórdidos hoteles de carretera y al final, acabó en el catre, de su habitación de matrimonio. Lo recuerdo porque la puta casa de marras —hasta salió—, en el periódico, cuando la asistente social, reclamó la intervención de un exterminador de insectos. Menuda película, mientras iban sacando enormes barriles de cucarachas voladoras.














La descomposición deterioró la mente de tu madre. Entonces, tus hermanas acabaron casándose con los Gabarri y el pequeño Virgilio se ahogó en el lodazal de la heroína. Después, ya siendo mayor de edad, dio con sus pocos huesos, en la cárcel. Así era tu querida madre. ¿Aún crees que no te conozco? Piensa. ¿Por qué hizo todo aquello? Pues, fue muy sencillo, por ti, por vosotros... ¡Para que tuvierais donde comer, jugar, dormir y soñar con comodidad y bienestar. Cojones! ¡Qué confort, eh, Jon! Te conozco, viejo... Te tengo junadísimo. Todas las noches, vengo y te refresco la memoria. Piensa en tus primeros recuerdos. En la oscura noche con tu madre, cuando tenías tres años. Piensa, en tu sempiterno dolor. Estabas tumbado en la cama, fingiendo estar dormido y desde el salón llegó un grito aterrador. Piensa acerca de esos funcionarios, que tú y yo, bien conocíamos… 















En aquel instante, cuando, le comunicaron a tu madre que tu padre había muerto. Piensa en tu curiosidad y salubridad. Piensa. ¡Tú, ni siquiera sabías como se llamaba la muerte que se la llevó! Él murió y apenas supo lo que había sucedido. ¡Imagina por un momento, todo lo que podría estar disfrutando, si aquel boleto de lotería hubiese salido premiado. Maldita sea, Jon!— Venga, ya! No me digas, que no te conozco… Recuerda esa noche en el callejón, cuando jugábamos con el Setter de los Balerdi. Aquel perro gris ceniza y su nariz mocosa. Llegaste a él y enseguida se mostró dócil y cariñoso contigo. A mí sólo me mordía en los tobillos, el cabrón—Je,je…Tú le hablabas y parecía hacerte caso. Ofreciéndole una amistad honesta y reciproca por parte del animal. Piensa, en los juguetes de silicona que le regalaste al can. Aquella familia vivía bien. Hasta el puto perro olía mejor que tú. ¿Recuerdas, Jon? Sí. No olvides tu jodida gratitud bondadosa igual que, la de un forastero, en Castilla. 















Esas cosas nunca se olvidan. Creo que ese día, tu madre, dejó de ser una madre con ganas de vivir. ¡Acuérdate de ella! No te olvides de aquella mirada de terror en sus ojos. Aquel fantasmagórico rostro del miedo que llegó y se quedó congelado en su cara; cuando ella fenecía. ¿No digas que eras demasiado joven para no recordarlo?— Piénsalo, tómate tu tiempo y sé cuidadoso. ¡Piensa! Vamos, no dejes de pensar, ni por un segundo. Tic, tac, tic, tac… Allí, estabas, tú. ¡Tú! Ahora ya te tienen. Eh!, nada de llorar, pues eso, no te va a salvar ahora. ¡Mira su cara, Jon. Mira un poco más allá! ¿Se te hace un nudo en la garganta? ¡Qué emoción tan poderosa, viejo amigo! La emoción más amarga de tu existencia. Idéntico desconsuelo, al de la perdida de la sonrisa de tus hijas… Vivimos la cólera de los desalmados. Es tiempo de metralla y trilita. ¿Sigues dudando sobre cómo se muere? ¡Así, es Jon! Recuerda, que tú y yo estamos muertos. Piensa, en ello.







                                                                                 Fin








                Dedicado a todas las víctimas del atentado del 22-mayo-2017 en el Manchester Arena 






Fotogramas adjuntados


The Docks of New York (1928) by Josef von Stenberg
The legend of hell house by John Hough (1973)
Cry Terror by Andrew L. Stone (1959)
K-Pax by Ian Softley (2001)






    
           

La gabardina solar








Aquella última tarde de abril tumbado en una vieja hamaca; sudaba una especie de efluvio viscoso y glutinoso. Tenía la tez pálida y apuntaba con la mano derecha a la puerta del rellano. No me temblaba el pulso. Algo que aprendes con el oficio, tras largos años de trabajos y el manejo de todo tipo de armas. La noche se volvió fría y silenciosa como una gruta noruega. No obstante, aquel rellano era unos de los incontables pisos de la gigantesca finca derruida por el último bombardeo de la gran Guerra Solar de 2087. Los evidentes signos de violencia —en el corredor central— atestiguaban lo que estaba pasando. Al fondo de aquel largo pasillo; se dejaba ver la figura solitaria de la gabardina. Ésta, seguía aporreando la puerta 9. De inmediato, la criatura derribó uno de los muros; que pilló a un niño rollizo de cabellos rizados rubios. Sin darle tiempo para rectificar la posición, la criatura se abalanzó sobre él. El bermejo chaval se zafó con un gracejo sutil. En apenas dos segundos, la bizarra criatura chocó contra la puerta corredera de cristal que daba al patio. Ese bicho —los más viejos del lugar— lo llamaban el Colombo de las tinieblas. Una especie de lagarto de Borneo con cabeza de Pitbull muy cabreado. Ni corto, ni perezoso acerté de un disparo rápido —a una sola mano— en el costado de la extraña criatura.














Se escuchó un alarido agudo muy prolongado. Una de sus patas resbaló con el empedrado del bordillo de la vieja piscina; ahora convertida en ciénaga. Se hundía precipitadamente y acabó por sumergirse del todo en la enmarañada alberca. Me acerqué, con cautela, ya que la única luz del patio venia del ardiente plenilunio. Sin embargo, mi olfato me daba que, en la fetidez de aquella agua estancada; se escuchaba un murmullo burbujeante. La bestia estaba allí y juraría que aquel engendro llevaba una gabardina del siglo XX, de aquellas tan famosas de Cortefiel. El patio del complejo que daba —a lo que un día fue— la hermosa y funcional piscina comunitaria; se había transformado en una oficina acuática donde residía la bestia de las bestias. Anduve vigilante y me quedé traspuesto, en una pequeña cabezada. Nuevamente, la delicada y perspicaz anatomía de mi oído vuelve a escuchar, el arremolinamiento del agua, y, un fuerte zumbido de abejas. Éstas, parecían estar coléricas. La criatura volvió a levantarse y lanzó un zarpazo al aire como queriendo atrapar el tropel de abejas que sobrevolaban la vieja piscina.















Ahora, si me notaba completamente despejado. Estaba convencido de lo que veía delante de mis ojos. Noté como temblaba el suelo. Entonces —veía— con un exultante asombro, al lado de la pared resultante, una lustrosa garra de su pata izquierda. Entonces, para mayor desconcierto, atisbo un grandioso salto del extraño ser. Sin embargo, aquella rara creación, no calculó bien ese brinco y se quedó plantado. De espaldas, cola y aguijón saliente, a través del corte de la gabardina. Estaba muy harto del puto bicho: lo esperaba con ganas. Apuntándole al centro del tronco. Decidí que si lo fulminaba sería mirándole a los ojos. Giró su enorme cabeza rabiosa y rugosa. En ese mismo instante, me quedé fuera de juego, cuando sonó un grave lamento. Un quejido gutural de bestia dolida en amor propio.  Se había clavado una enorme esquirla de los muchos ventanales rotos que cruzaban el pasillo. A continuación, para mayor, perplejidad, en toda esta lucha: el bicho me habló en un perfecto español. —“Quizá puedas matarme, empero muchos otros vendrán y seguirán llegando, uno tras otro…” El tono de su voz, te congelaba la sangre, era un sonido que venía de lo más profundo del infierno. 














Me sentí confundido unos segundos. Y lleno de rabia, disparé todo el cargador, de mi gastada Beretta 92, en la arrugada cabeza del bicharraco. Mientras, un mortal, esputaba la siguiente frase: —“¿Acaso no soy yo el condenado, el mismo, que detestáis, el que siempre os alivia del horror y os limpia vuestras heces, cabrón de mierda? Dices que Dios es compasivo, puede que lo sea, de verdad. Pero es tan sólo una probabilidad. Y qué más da, hace tanto tiempo que le traicioné a mi corazón, que ya no recuerdo donde vivo.” Me desplomé como una manzana de Newton. A lo lejos, unos niños contemplaron aquella luz salvadora, y, por el orificio de dónde provenía, salieron al exterior. La luz del día les deslumbraba y excitaba. Ya no llovía y el sol brillaba con fuerza. Las pupilas del salvador estaban estáticas y dos enfermeros del psiquiátrico le echaron su gabardina de Cortefiel por encima de su frío cuerpo. Desde la escalinata del sanatorio un anciano, con un libro de los “1000 años de confidencias”, sonreía con la mirada perdida. Y repetía mirando al cielo: “Gracias a Dios, gracias a dios, gracias al salvador”




                                                                                      Fin







                                       Dedicado a Jonathan Demme febrero 1944/abril 2017 In Memoriam





Fotogramas adjuntados


Black Mirror: Hated in the Nation(2016) by Charlie Brooker
Suna no onna (1964) by Hiroshi Teshigahara
Them! (1954) by Gordon Douglas
Phase IV (Phase Four)(1974) by Saul Bass







      
                    

Carole Landis: la Baby Doll que encontró a Miss Lombart








Dicen los astrofísicos que una estrella es una esfera luminosa de plasma que mantiene su forma gracias a un equilibrio hidrostático de fuerzas y a su propia gravedad. Luego, según su vademécum científico, todo lo demás —que viene después— es un subidón de gas. Como el plasma de las primeras Panasonic HD. Una auténtica maravilla, que bien mantenida, te proporciona tardes y noches de placer infinito en tu salón comedor. Del mismo modo, que al plasma, lo mató el gas; al vídeo fue la estrella de la radio. Pero nosotros estamos en el territorio, de esas mujeres, que cuando las veías andar, uno no podía dejar de mirarlas. Igual que una constelación de estrellas en una hermosa noche de verano. Carole Landis era un portento de mujer. De nuevo, una encantadora Afrodita en la Babilonia que olía el ambiente de la II GM. Una América que volvería, por enésima vez, a contemplar caras desencajadas de sus héroes de guerra. Evidentemente, Roosevelt, tenía el mejor remedio para estimular a las tropas: el esplendor de las estrellas Made in Hollywood para recuperar el fervor patriótico. Carole Landis a lo largo de sus frenéticos 10 años de trabajo recorrió más de 100.000 millas desde el Caribe, Reino Unido, Argelia, y el Pacífico Sur, en el mayor conflicto bélico del S. XX. De las campiña británica, a las dunas del Sahara, y después, a las más inhóspitas junglas del Pacífico meridional. Todo por la patria, todo por un sueño. En 1919, una chica de Wisconsin, nacida con el nombre de Frances Lillian María Ridste, un día de Año nuevo, alunizó en el planeta tierra. Era una niña preciosa. El primer piropo —que le dijeron sus padres— fue “Baby Doll”. Alfred Ridste, un mecánico del ferrocarril, de origen noruego y su madre Clara de procedencia polaca. El salmón de su padre salió por piernas. De por sí, era un tipo complicado que acechaba a la bella, y linda futura, Carol (Frances). Finalmente, se divorcian y su madre Clara, tras digerir la situación; no se lo pensó dos veces. Armada de coraje, sin blanca y con cuatro bocas que alimentar puso ruta a California. Su hermana, Dorothy, Lewis y Jérôme Laurent. En el soleado oeste, de la villa de S. Bernardino, la pequeña Frances, se las ingenió para sobrevivir a la muerte de dos de sus hermanos pequeños: un incendio doméstico terminó con Lewis y un balazo de unos chavales —a modo de gamberrada— fulminó al pequeño Jérôme. Aquel trago, sumado a un ambiente, de acoso sexual, por parte de un moscón familiar y una trayectoria académica muy floja; hizo que Baby Doll se presentase, con 12 años a concursos de belleza.














La pequeña comenzaba a recoger sus primeros premios. Desde un par de medias de seda, hasta un horno eléctrico. El affaire de los concursos de belleza y los pequeños botines obtenidos por Frances, no eran del agrado de su madre. Siguió su vida de adolescente, entre las tareas domésticas y la cohabitación en el colegio Jefferson. No muy tarde, pues ya saben, como son las primeras amistades del “cole” le colocaron la etiqueta de chica alocada. Según la rumorología de la High School; era de unas ideas disparatadas. Aunque, daba visos, de una perspectiva más profunda, en torno, a la tolerancia, en una América muy racista. La joven Frances le acompañaba su agraciada anatomía física y el carácter atlético. Le encantaba el béisbol. No el hecho de su fascinación por la diversión del deporte, sino las ganas de su participación. Intentó crear un equipo de béisbol y otro de fútbol. El rector del instituto pronto le apartó de aquellas ideas, por considerarlo, una práctica burda y poco mujeril. Al final, abandona el instituto y con apenas 15 años, se casa con su amigo y vecino del barrio, Irving Wheeler. Un joven de 19 años que no tenía grandes estímulos a corto plazo. Pero cuando, Frances le propuso que se casaran y escapasen a Arizona; no lo dudo, ni un minuto. La aventura no tuvo largo recorrido, ya que su madre, Clara presentó su condición tutelar, de Frances como una menor. El juez estipuló la inmediata anulación de aquel matrimonio. Tuvo que volver al hogar y achantar con las labores domésticas. No era buena la convivencia con su madre. Así, que comenzó a trabajar en pequeños empleos. Fue camarera en una hamburguesería, moza de almacén y acabó siendo la chica de la linternita del cine. Evidentemente, con carácter muy eventual.  Definitivamente, Frances, estaba preparando una las decisiones más importantes de su vida. No aguantaba, aquella casa, ni el ambiente familiar, ni aquellos trabajos esporádicos. Cogió la hucha de sus ahorros y los 100 dólares que habían en ella. Compró un billete de autobús por menos de 20 pavos, directo a L.A. Confidential. La ciudad donde hay un lugar, al que llaman Hollywood ¿Les suena la música? Creo que sí. Estoy convencido. Frances Landis amaba a una actriz, por encima, del resto. La Lombart era parte de su universo personal. Sus fotos convertidas en mural de su habitación: la elegantísima Carole Lombart. Decidió teñirse el pelo de rubio y tomó el nombre artístico de "Carole Landis".














Un gran homenaje personal a Carole Lombart. Sus primeros escarceos con el mundo del espectáculo son en la ciudad de San Francisco —coto multicultural— lugar donde se sintió cómoda trabajando en un club nocturno, como bailarina de hula-hula. La prensa del higadillo, siempre especuló que Carole Landis, iba corta de dinero y una forma, de llegar a fin de mes, fue prostituirse por las calles del centro de SF. Algo que también se ha dicho de Joan Crawford y Marilyn Monroe. Lo de radio macuto es un invento incorregible. Al igual que la sonoridad de los ríos. Por fin, su sueño, comienza a tomar forma y sella su primer contrato con la Warner Brothers, como Carole Landis. Su representante, fue también, su futuro marido; Busby Berkeley. Un coreógrafo muy currante pero que venía de solventar algunos problemas mayores con ley. Su afición a la del cuello largo y el volante, no le trajo nada bueno. Berkeley le consiguió un una buena negociación, ya que para una chica de 18 años, aspirante a actriz, 50 dólares semanales en aquella época era todo un sueldo. De repente, un encuentro con una gran conocida de este mundo tan admirado y llorado; Diana Lewis, futura esposa del cineasta W. Powell. Ésta, tuvo tan buen feeling con CL, que terminó por regalarle un collar del que pendía una llamativa cruz de oro. Aderezo que, en su corto recorrido por este mundo, siempre llevaba encima. El collar lo podríamos denominar; como su amuleto de la suerte. Llegó, el que definiríamos como, su primer matrimonio, a todos los efectos legales, con el citado, coreógrafo Busby Berkeley: 20 años mayor que ella. Siguió actuando en pequeños papeles, pero con grandes directores. Desde su debut en "The King and the Chorus Girl" (1937) de Mervyn Le Roy, al lado de estrellas como Joan Blondell o en "Four's a Crowd" (1938) de Michael Curtiz, con Erroll Flynn, Olivia de Havilland y Rosalind Russell. Hasta que en 1940, el cineasta Hal Roach la escogió para trabajar en "One Million B.C." Al lado de su actor fetiche Victor Mature, de mujer prehistórica con apenas, unos harapos de ropa. Dejó al público perplejo, La película fue un éxito, y Carole alcanzó la fama. Mostrándose como un ser virginal y lleno de hermosura. Lo de la fama fama tenía sus peajes, y para una mujer como ella, estaba claro que el apodo estaba muy preparado. Se quedó con aquello, de "The Ping Girl" y "The Chest", por calibre de sus pechos.














Como hemos dicho, una pernada más, del viejo Hollywood y la supervivencia en un mundo machista. Cosas del sistema. Aquellos primeros años de los 40, Carol Landis actuó en un buen número de películas muy célebres y taquilleras. Comenzó siendo una figura con una cara muy bonita y terminó siendo una actriz protagonista. Eso sí. Hollywood marcaba el canon; su nariz no tardó mucho en pasar por las manos de los cirujanos de las compañeras de oficio, caso de mítica, Lana Turner. Comenzó una dieta muy rígida y compuso uno de los cuerpos diez de aquella época. Al poco tiempo, nuevo trabajo en “Cadet Girl” de Ray McCarey (1940). Convertida en la auténtica protagonista. Comedia romántica y musical, donde CL destacaba. Su magnífico y pulido físico enganchaba al público. Además cuando tuvo que interpretar papeles, la Landis los cantaba, y lo hacía bien. Es obvio que este negocio funciona así y CL lo notaba. Evidentemente, estaba bajo el foco de los grandes zorros de las majors. Nuestra simpática rubia oxigenada consigue un contrato con 20th Century Fox y se convirtió en amante oficial de Darryl F. Zanuck. El halcón DZ deseoso de tener entre sus manos a una nueva rubia en el barco. Llega el rodaje de “Moon Over Miami” de Walter Lang y “I Wake Up Screaming” de H. Bruce Humberstone, ambas en 1941 junto a Betty Grable. La Landis se convirtió en una pequeña parte de aquel sueño americano. También en, “A Gentleman at Heart” en 1942 de nuevo, Ray McCarey, al lado de su fiel amigo, César Romero. Muy en boga con su labor social, siempre cercana, a las tropas, también rodó, al lado del mismísimo Glenn Miller y George Montgomery “Orchestra Wives”(1942) de Archie Mayo y llegó un película que marcó un antes y un después, “My Gal Sal” de Irving Cummings, donde tuvo que lidiar con una Rita Hayworth que tenía embelesado a Victor Mature y al viejo Zanuck. Se prestaba a los tabloides y estos buscaban su entrevista. Algunas declaraciones dejaban al personal pensativo.: “El cielo sabe que yo quiero que la gente piense que tengo sex appeal. Pero también que tengo algo más que el mero atractivo sexual” Y la verdad que CL, no era tan solo —como diríamos en estos tiempos— un pivonazo del calibre 33, embutida en shorts diminutos, sexys negligees o trajes de baño de lo más “cool”. Obviamente, tenía un público detractor, esos puritanos de tres al cuarto, que veían sus películas tras un periódico en la sala oscura.













La chica Landis no era sólo un quesito holandés, pues, era una contumaz lectora de literatura norteamericana: Hemingway, Coward o Maugham estaban entre sus preferidos. Lecturas que acompañaban su largar giras por el mapamundi. A lo largo del periplo del conflicto bélico de la II GM. Escribió parte de sus vivencias para El Saturday Evening Post. Carole Landis dio, lo mejor de sí, por el tío Sam. Vendió bonos como churros en las Fallas de Valencia.Visitaba constantemente a los heridos —en los propios hospitales de campaña— tras el combate. Y también, llevo a cabo, una de tareas de redacción a las huestes huérfanas de familiares. Todo este esfuerzo le pasó factura y lo pagó muy caro. Enfermó de malaria y otras enfermedades tropicales algo que le dejó una macula, invisible, pero ahí estaba. Luego, les contaremos el porqué. Uno de sus títulos más populares fue el docudrama “Four Jills in a Jeep” (1944), en el cual se mostraban los números musicales que Junto a las actrices Kay Francis, Mitzi Mayfair y Martha Raye realizaron para animar a las tropas estadounidenses. Desgraciadamente, cuando terminó su relación con el lince de los sofás Zanuck, su carrera se vino a menos y quedó relegada al furgón de la serie B. Entonces, mucha gente se hacía la misma pregunta que servidor: ¿Qué demonios pasaba por la cabeza de Carole Landis? Ah! esa maldita enemiga, silenciosa y caprichosa, idéntica a la de Stern, Monroe, Vélez y el etcétera. Nunca se terminó de sentir realizada al 100%. Cuentan los más allegados que sus intentos suicidas no iban de boquilla. Entre 1944 a 1946, la tentación subyacía en su interior. Carol Landis no encontraba su verdadero coto de placidez. Algo no terminaba de encajar, claro, que cinismos a un lado en Hollywooland ¿Quién no se ha casado y divorciado por mero capricho? Unos cuantos... Lo que sí que resulta chocante y extraño son esos 6 divorcios entre los años 1937-1947 En su década dorada CL se casó con el imberbe vecino de Wheeler. Vamos a decir, que este matrimonio, fue cosas de chiquillos. Pero con Busby Berkely, el hombre que sentó los cimientos de su carrera, la cosa se quedó en cuatro años. Es verdad que la duplicaba sobradamente en edad. 














Después se casó con el millonario, Willis Hunt Jr, un bróker de yates de lujo. Es obvio que no hubo mucho roce entre ellos; dos meses. No está mal. En plena jungla tropical se enamoró como una cadete de Marín del Capitán Thomas Wallace. La cosa terminó en 5 meses. Hasta el capitán dejó para la posterioridad aquello de “yo sabía que nunca sería el Sr. Landis”.CL no conseguía la anhelada estabilidad emocional y sentimental. Ni todos los amantes que cortejaron y estaban rondando a la superubia del US Army. Una lista que podría formar una promoción de nuevos cadetes de West Point. César Romero (el gran amigo y confidente de Carol), Spencer Tracy,  Charles Boyer,  Victor Mature,  Burgess Meredith,  Charles Chaplin,  Mickey Rooney,  Pat De Cicco,  Robert Stack, Oleg Cassini, George Montgomery Franchot Tone, Cary Grant, Anatole Litvak y Bob Topping el futuro marido de una vieja rival: Lana Turner. Todo un gran equipo de mozarrones en las noches más solitarias del Hollywood Underground. ¿Tan tocada dejó a Carol Landis la ruptura con Mr. Zanuck? ¿Todavía le pesaba en el alma su tintado rubio, cuando, creía que iba a ser la nueva Scarlata O´Hara? No. Carol Landis, era una mujer capaz de pilotar un B-52,s y hasta un tanque Sherman. Era valiente y vital. Sin embargo, la vida proseguía, y llegó junio de 1944. Carole se fue de nuevo en una nueva turné mundial para divertir las tropas. En esta ocasión acompañada por Jack Benny pero ya debilitada por el episodio anterior de malaria. Ahora, quien acecha es el paludismo y sufre un proceso de una neumonía en Nueva Guinea. Ya en 1945 y con el acta de divorcio en la mano, del Cap. Wallace dio con el productor de Broadway W. Horace Schmidlapp, al que resistió tres años. El nuevo elegido de su corazón: Horace Schmidlapp, multimillonario y accesoriamente productor. Carole parecía más feliz y determinada a administrar mejor su vida y su carrera. Es bella, es célebre, es rica a la edad de los 24, ahora desea cumplir su sueño, de ser reconocida como una verdadera actriz y dejar a un lado la vitola de la sempiterna «glamurosa corista», y por supuesto fundar a una familia.















Un matrimonio estable y con niños son su nuevo fin. Además venía de rodar dos films interesantes, obviados por la crítica, con dos directores, sui generis, el Noir “Behind Green Light”(1946) de Otto Bown y “A Scandal in Paris” (1946)  del maestro D. Sirk, al lado de Gene Tierney. Pero cuando ellos vuelven a Hollywood en noviembre de ese mismo año, no es para un asunto de nuevos contratos o irse de compras, pues, Carole debe ser hospitalizada urgentemente. Las secuelas de sus enfermedades exóticas adquiridas en el Pacífico Meridional, empiezan a dar señales preocupantes y los continuos dolores, en el vientre, son inaguantables. Ella teme que sus posibilidades de maternidad se vean sesgadas definitivamente. Carole Landis también sufría endometriosis. El golpe la deja fuera de juego, ya no en lo físico, pues, sus últimos trabajos quedaron en el olvido y solamente, le quedaba el circuito de las producciones de low cost. Todavía frágil y desubicada acaba dándose de bruces con el presuntuoso y cruel actor inglés Rex Harrison (aquel que le hizo llorar a moco tendido a Audrey Hepburn en “My Fair Lady” 1964) y se enamoró locamente del tipo. Una pasión recíproca. Un adulterio compartido: Landis con Horace y Harrison con la prusiana y exquisita actriz, Lilli Palmer. El matrimonio Harrison&Palmer habían llegado a Hollywood en 1945. Lili Palmer era una mujer talentosa y acaba de ser contratada por la WB. Su esposo tenía la vitola de conquistador vanidoso. Rex Harrison pasaba los fines de semana con Palmer y el resto de los días con su querida: Carole. El actor consideraba a Landis una muesca más en su currículm de amantes. Al parecer, a la buena de Landis, le contaba la milonga que ella era la mujer de su vida.















Había intentado pedirle el divorcio a Lili Palmer y ésta, no se lo concedía. Harrison tenía fama de jactarse de los suicidas y alardeaba de determinados chistes misóginos, en petit comité. En el fondo, el tipo era un pieza, en toda regla. Evidentemente, como actor era muy bueno. Demasiado bueno. Y le divertían los enredos. CL parecía estar cansada de la tensión entre las propuestas de Hollywood y los contrasentidos de Harrison. Se fue a Inglaterra, durante seis meses, —lugar donde sentía un especial recuerdo— durante sus bolos castrenses. Allí rueda sus dos últimos films; “Noose” de Edmond T. Gréville y “Brass Monkey” de Thornton Freeland en 1948. De vuelta a su mansión de Hollywood, CL, empezaba a tener claro, que RH no se divorciaría. Unas voces hablan de entereza por parte de CL y otras, que entró en una crisis de ansiedad. Como una joven enamorada, de sus tiempos en S. Bernardino, decidió tomar el camino rápido del Seconal. Un barbitúrico muy conocido por estos lares de las crónicas más subterráneas. ¿No les suena todo esto demasiado extraño o muy normal? Tomar una sobredosis de Seconal, la madrugada del 4 de julio (fiesta de los EE.UU) cuando unas pocas horas antes, se hallaba charlando con su médico personal, el Dr. Douchebag. Y es que la vida es así de antojadiza. Una nace un día de Año nuevo para morir unas horas después, el 4 de julio.  El 5 de julio de 1948, tras tocar varias veces a la puerta de su habitación —en su lujosa casa de Pacific Pallisades— Mr. Harrison encontró a Carole tirada en el suelo, su cabeza reposaba, sobre un joyero con sus anillos. En una mano sostenía varias píldoras y en la mesita de noche había una carta dirigida a su madre: “Adiós, ángel mío, reza por mí, tu baby doll” y otra para su secretaría. Baby Doll se había marchado de este mundo con 29 años. Tal vez, en busca de su auténtico amor, Carole Lombart y el tío Sam. Lo demás es polvo de estrellas hidrostático. Nunca te olvidaremos Miss Landis.







                       Dedicado a Salvador Paniker marzo 1927/abril 2017 In Memoriam







Fotogramas adjuntados


Carole Landis en US Army
One Million B.C(1940) by Hal Roach
“Moon Over Miami”(1941) de Walter Lang
"A Gentleman at Heart" (1942) by Ray McCarey
"Behind Green Lights" (1946) Otto Brower
Rex Harrison&Carole Landis (1948) bailando
Carol Landis (1948) muerta en el suelo de su mansión






Biografía consultada y recomendada


Carole Landis: A Most Beautiful Girl  by Eric Gan  Ed. University Press of Mississippi 2008
Carole Landis: A Tragic Life in Hollywood by E.J.Fleming  Ed.McFarland 2005